Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 133 de 171 · 2 min de lectura

=Progreso actual=

Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco alfileres.

Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.

Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.

Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo amaba á sus reyes».

El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro; el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma escuela hasta para una cloaca.

Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe subordinarse al camino más corto.

La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua morada.

Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado, lava el del presente.

Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.

Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad, á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.

Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista, la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias, ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.

Es más que progreso; es una trasmutación.

Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una revolución. ¿Quién hizo esa revolución?

El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado ya, Bruneseau.