Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 135 de 171 · 9 min de lectura

=La cloaca y sus sorpresas=

Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.

Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer en él como en el océano.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.

Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte, por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un instante extraordinario.

Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.

Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación, cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables emboscadas de la Providencia!

Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.

Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo. Nada oía.

El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un rumor en una profundidad.

Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto suficiente?

Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada.

Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en que se hallaba.

Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.

El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.

Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla.

Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á ello.

Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al pozo y lo registrasen.

No había momento que perder.

Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha, penetrando resueltamente por aquella obscuridad.

La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía. Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.

Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean había caído de uno en otro círculo del infierno.

Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel obscuro laberinto?

Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la pendiente; siguiéndola se iba al río.

Juan Valjean lo comprendió, desde luego.

Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún recodo de encrucijada.

Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado el cuerpo.

Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y encomendarse á la Providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó á la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo, avanzando, tan rápidamente como le fué posible.

Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y con la otra iba tentando la pared.

La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de consiguiente que vivía.

El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter los pies en el agua.

Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente entre las venas de la sombra.

No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo de la cual caminaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por encontrar á Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las calles superpuestas.

Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina alcantarillado.

El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de San Dionisio, y no era así desgraciadamente.

Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora, llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Juan Valjean.

Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.

Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.

Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde termina en Y.

Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin salida.

Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.

Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua, altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito, y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería plebeya denominada de pequeño material; pero no sabía nada de todo esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma. Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín, donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas negras, derechas, perceptibles y espantosas.