Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 136 de 171 · 3 min de lectura

=Explicación=

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas. Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigía una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la Cité. Los agentes iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una especie de encrucijada, llamada de servicio, que se suprimió después á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San Merry, pues si había algo que hacer y algún bonigote que rastrear, era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas injurias. En 1832 la palabra bonigote era el punto de enlace entre la palabra jacobino y ya olvidada, y la palabra demagogo, casi inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos. Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen á la ronda el fraccionarse.

Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas, desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa; la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse aquella patrulla de fantasmas.