Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 137 de 171 · 6 min de lectura
=El hombre filado=
Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.
En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la pista al ladrón.
Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los Inválidos.
Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado por completo.
En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en acercársele.
Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.
Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero avivase el paso.
Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.
Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.
El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la amenaza que cabe en el miedo.
El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.
No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad abrochada hasta la barba.
El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.
¿Qué objeto se proponía el último?
Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.
Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul se considera glorioso; el encarnado denigrante.
Hay una púrpura que procede de abajo.
Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el primero deseaba evitar.
Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era, según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.
Esta operación delicada se llama «acechamiento».
Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío hizo alguna indicación al cochero.
Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del muelle á aquellos dos hombres.
De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba delante.
El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.
En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por si fuese necesario».
Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable, acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren de sed, pero la vista goza.
Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles; pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.
Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí cerca había un cuerpo de guardia.
Con gran sorpresa de su observador, el hombre filado no tomó por la rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo largo del muelle.
Evidentemente su posición iba resultando crítica.
¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?
Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una débil lengua perdiéndose en el agua.
Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la autoridad á la espalda.
Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello; la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.
Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.
El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando entonces de ser visto por el otro.
Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse estupefacto.
El hombre á quien perseguía no estaba allí.
Eclipse total del hombre de la blusa.
El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.
El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?
El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y registrándolo todo con los ojos.
De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir, en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.
Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.
Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja, pero ésta resistió el empuje.
Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una llave.
Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:
—¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!
Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:
—¡Ta... ta... ta... ta!
Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia paciente de un perro de muestra.
Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto.
El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis, suelen ponérselo algunas veces.
Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.



