Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 138 de 171 · 5 min de lectura

=También lleva su cruz=

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre. Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza, prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle. Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él, bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián, hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.

Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable odio.

Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas; el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo, señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.

Había comido, y se sentía reanimado.

Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la alcantarilla.

La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte del trayecto.

La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos muelles.

Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.

Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.