Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 139 de 171 · 7 min de lectura

=La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida=

Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.

Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal, á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace rato anda difícilmente.

La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.

De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.

Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.

Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.

Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.

Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.

Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante, si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al hundimiento.

Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible, implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.

Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un enterramiento inexorable.

El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.

Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce los brazos ansiosamente, se desespera...

La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya más que un busto.

Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente; la arena continúa subiendo.

La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el silencio.

Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.

Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.

Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su vehículo, todo zozobra bajo la arena.

Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.

La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas traiciones.

Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar, éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.

Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.

Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta clase ceder es rajarse, es hundirse.

El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de hundidero.

¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del monte de San Miguel en una alcantarilla.

El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.

Figurémonos el horror de semejante muerte.

Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la desaparición en la cloaca?

En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta; la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.

¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre nuestra cabeza!

¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!

La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas, como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no. Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico, infame y feo.

Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.

Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.

Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.

La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi líquido.

En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el lodazal de Phelippeaux.

El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.

Un niño se salva donde un hombre se pierde.

La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.

Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo; algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno; las lloviznas menudas y continuadas.

Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las cuevas de la montaña de Santa Genoveva.

Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines, que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros! Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.

Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida, donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.

La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.

En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.

Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!