Los miserables · Victor Hugo

Chapter 7

Capítulo 141 de 171 · 3 min de lectura

=Á veces se encalla donde se cree desembarcar=

Emprendió su camino otra vez aún.

Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar aliento y apoyarse en la pared.

Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición á Mario, y creyó no volver á levantarse.

Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.

Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito, tropezó en la pared.

Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz del día.

Juan Valjean veía la salida.

El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.

Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario; recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.

Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal, ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.

Juan Valjean llegó á la salida.

Allí se detuvo.

Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.

Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer, giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París antiguo.

Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París, ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.

Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.

Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.

Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos crispadas los barrotes.

El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió. Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.

Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez. Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había medio de abrir la puerta.

¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?

Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos veces?

¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?

Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?

Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla. La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado; pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían cerradas.

Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.

Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.

La fatiga produciendo el aborto.

Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, á la espantosa araña.

Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario, que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.

¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?

Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.