Los miserables · Victor Hugo
Chapter 8
Capítulo 142 de 171 · 7 min de lectura
=El jirón de la levita=
En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz que hablando por lo bajo decía:
—Parte para dos.
¿Quién podía ser entre aquellas sombras?
Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó los ojos.
Había un hombre delante de él.
Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean sin ser oído.
Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso, conoció al hombre. Era Thénardier.
Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean, acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo. Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer aquella tenebrosa noche.
Hubo un momento de tregua.
Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin embargo.
Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.
Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.
Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.
Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.
—¿Cómo te las vas á componer para salir?
Juan Valjean no respondió.
Thénardier continuó:
—Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas de aquí.
—Ciertamente,—dijo Juan Valjean.
—Pues bien; parte para entrambos.
—¿Qué quieres decir?
Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.
Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:
—No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.
Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.
Thénardier repuso:
—Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta, proporcionándote cómo deshacerte del muerto.
Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha jirones, añadió:
—¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.
Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el punto de dudar de la realidad de lo que veía.
Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía de la tierra en la persona de Thénardier.
Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:
—Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.
—¿Y para qué esta cuerda?
—Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la reja las hay de sobra en un montón.
—¿Y para qué la piedra?
—Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.
Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de estas aceptaciones maquinales.
Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de repente una idea.
—Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!
Después de una pausa añadió:
—Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme. Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro. Me gusta ayudar á la gente lista.
Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en su voz, díjole:
—Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese hombre en el lodazal?
Juan Valjean guardó silencio.
Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un hombre de peso, continuó:
—Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde ha salido?... ¿Le han visto salir?...
La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia. Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos. El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se da parte á la justicia. Has hecho muy bien.
Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando Juan Valjean.
Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.
—Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu dinero.
Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo amenazador; pero el tono era pacífico.
Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!
No era fácil adivinar la causa.
Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que Thénardier no tenía intención de partir con ellos.
—Acabemos,—repitió Thénardier.—¿Cuánto tenía ese mozo en la faltriquera?
Juan Valjean metió la mano en la suya.
Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.
Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco. Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó doce sueldos.
Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán significativo.
—Le has matado por bien poco,—dijo.
Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean y los bolsillos de Mario.
Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el rostro se dejó registrar.
Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa, calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al hombre asesinado y al asesino.
En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.
—Es verdad,—dijo,—uno con otro no tienen más que eso.
Y olvidando su palabra de parte para dos, lo tomó todo.
Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los confió también, murmurando:
—¡No importa! Sería despacharles muy barato.
Enseguida sacó otra vez la llave.
—Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria, se paga á la salida. Ya has pagado; sal.
Y se echó á reir.
Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.
Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció algunos segundos como observando.
Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura. El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.
Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del crimen.
La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.
Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.
Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.
Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido en lo invisible.
Juan Valjean se encontraba fuera.



