Los miserables · Victor Hugo
Chapter 9
Capítulo 143 de 171 · 6 min de lectura
=Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende=
Dejó deslizar á Mario por el ribazo.
¡Estaban fuera!
Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos; inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.
El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.
El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas, salpicando débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.
Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y bastante luz aún para conocer de cerca.
Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean vencido irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña. Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz, cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de estrellas.
Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga, que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración. Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.
Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás de nosotros alguien á quien no vemos.
En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el mundo.
Se volvió.
Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.
Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo, y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo que formaban Juan Valjean y Mario.
[Ilustración: —Inspector Javert—dijo Juan Valjean—, os pertenezco]
Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre reflexivo á causa de su rompecabezas.
Juan Valjean reconoció á Javert.
El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier no era otro que Javert.
Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la atención de la policía.
Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.
Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.
Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.
Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos, y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella diversión.
Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.
Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran en verdad duros.
Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía á sí mismo.
Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:
—¿Quién sois?
—Yo.
—¿Quién es... yo?
—Juan Valjean.
Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas, inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y le reconoció.
Casi se tocaban sus rostros.
La mirada de Javert era terrible.
Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león que tolerase la garra de un lince.
—Inspector Javert,—le dijo,—os pertenezco. Además desde esta mañana me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una cosa.
Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.
Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más bien que pronunció esta pregunta:
—¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?
Continuaba sin tutear á Juan Valjean.
Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.
—De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca; pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.
El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.
Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.
—Este hombre estaba en la barricada,—dijo á media voz y como hablando consigo mismo.—Es el que designaban con el nombre de Mario.
Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado, oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había tomado notas.
Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.
—Es un herido,—dijo Juan Valjean.
—Es un muerto,—contestó Javert.
Juan Valjean respondió.
—Todavía no.
—¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?—observó Javert.
Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.
Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo pensamiento, y prosiguió:
—Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo... No recuerdo el nombre.
Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á Javert.
Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina de las aves nocturnas.
Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes: «Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».
Y luego gritó: ¡Cochero!
Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.
Javert se guardó la cartera de Mario.
Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero, estaba en el ribazo.
Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean ocuparon el delantero.
Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por los muelles en dirección á la Bastilla.
Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.
Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.



