Los miserables · Victor Hugo
Chapter 10
Capítulo 144 de 171 · 2 min de lectura
=La vuelta del hijo pródigo de su vida=
Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los cabellos de Mario.
Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario.
Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.
Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.
El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano.
Todos dormían en la casa.
En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene el coco, se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.
Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje, sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.
Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de vida.
Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el portero de un faccioso.
—¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?
—Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?
—Le traemos su nieto.
—¡Su nieto!—exclamó atónito el portero.
—Muerto.
Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.
El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de Juan Valjean.
Javert continuó:
—Fué á la barricada, y ahí le tenéis.
—¡Á la barricada!—exclamó el portero.
—Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.
El portero no se movía.
—¡Vais ó no!—repuso Javert.
Y añadió:
—Mañana habrá aquí entierro.
Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.
El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita; Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.
En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto pronto aquella desgracia.
Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la antecámara del señor Guillenormand.
Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.
Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.
El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta somnolencia de espanto.
Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.
—Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.
—¿Cuál?—preguntó duramente Javert.
—Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que queráis.
Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:
—Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.



