Los miserables · Victor Hugo
Chapter 11
Capítulo 145 de 171 · 2 min de lectura
=Sacudimiento de lo absoluto=
No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.
¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado, advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase; pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean, tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en repetirlo, una profunda vacilación religiosa.
El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en Juan Valjean.
Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes. Javert y Juan Valjean se apearon.
El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido. Añadiendo que se le debía indemnizar.
Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le asegurase...».
Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:
—¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?
—Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.
Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.
Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban allí cerca.
Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert seguía á Juan Valjean.
Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.
—Está bien,—dijo Javert;—subid.
Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así:
—¡Aquí os aguardo!
Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra. Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:
—Soy yo.
Y subió la escalera.
Al llegar al primer piso se paró un momento.
Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.
La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta. Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.
Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.
Javert se había ido.



