Los miserables · Victor Hugo

Chapter 12

Capítulo 146 de 171 · 8 min de lectura

=El abuelo=

Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.

El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.

La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo, asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:

—¡Es posible, Dios mío!

Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!

Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar así!...

Pero no completó el pensamiento con la frase: ¡Ya lo había dicho yo! tan usada en casos semejantes.

Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto al canapé.

El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de facilitar la respiración.

La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.

El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.

El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula rota, y esto presentaba serias complicaciones.

Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.

Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.

¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie? ¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al herido.

De la cintura abajo habíale protegido la barricada.

Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas. Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con bolitas de algodón en rama.

Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con el estuche de cirugía abierto.

El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.

El portero alumbraba.

El médico parecía meditar tristemente.

De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo mismo.

En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.

Era el abuelo.

El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.

Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.

Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de la cama dirigiéndose á tientas á la sala.

Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir, la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.

Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é inmóvil, vivamente alumbrado.

El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello; mientras exclamó balbuceando:

—¡Mario!

—Señor,—dijo Vasco,—acaban de traer al señorito. Ha estado en la barricada, y...

—¡Está muerto!—gritó el anciano con voz terrible.—¡Ah, tunante!

Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un muchacho á aquel centenario.

—Señor mío,—dijo,—vos sois el médico; empezad por decirme francamente. Está muerto, ¿verdad?

El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.

El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una espantosa carcajada.

—¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas... por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está muerto!

Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase; y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:

—¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto, y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!

«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir: «Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías, y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo muerto. ¡Vaya un despertar!».

El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo. Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar sangre, y díjole con calma:

—Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias. Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores, tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!

«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente. Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo. Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía la culpa.

«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de sus padres.

«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba pronunciar la d! En la dulzura del acento se le hubiera creído un pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.

«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.

«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto no puede quedar así».

Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.

Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que se oían apenas:

—¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!

Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.

Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas; su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un abismo.

—¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!

«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto. Habrá dos entierros en la casa.

«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón, búho!

«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil, torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas, maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!

«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho, tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes, asesino?».

En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada, velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.

—¡Mario!—exclamó el anciano.—¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío, gracias!

Y cayó desmayado.

LIBRO CUARTO