Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 148 de 171 · 5 min de lectura
=Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc=
Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.
El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.
Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los viajeros en la carretera...
Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo en el bolsillo de los transeúntes.
Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le devolvió su libertad.
Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su salvador.
En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:
Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del todo desconocida.
Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden legal.
—¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?—preguntóse á sí mismo.
Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.
Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande, pues no llevaba lío ni morral.
De París, sin duda.
¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí? Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria, recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.
Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió á levantarla ya no vió nada.
El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del crepúsculo.
—¡Diantre!—dijo Boulatruelle;—yo he de dar con él. Yo descubriré la parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.
Tomó su pico que era muy puntiagudo.
—He aquí,—murmuraba,—con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.
Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la enramada.
Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas, matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla, pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el bosque, y llegó á una especie de eminencia.
Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro, silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.
La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.
Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.
El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano, oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!
Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin duda.
No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora. En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y agreste, había que emplear una media hora larga.
Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres. La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.
—Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,—se dijo.
Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió entonces la falta de ir derecho.
Internóse resueltamente entre las malezas.
Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.
Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.
Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando, mojado, jadeante, arañado y feroz.
No había nadie.
Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio; nadie se lo había llevado.
En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.
Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No había medio de adivinarlo.
Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.
Este hoyo estaba vacío.
—¡Ladrón!—gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.



