Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 149 de 171 · 7 min de lectura
=Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica=
Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de la cabeza, que por las heridas mismas.
Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.
—Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,—decía á cada paso.
Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del esparadrapo.
Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso», decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena con lociones de cloro y el nitrato de plata.
Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre la vida y la muerte.
Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero), iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete de hilas.
Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día, contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la convalecencia.
No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande aburrimiento del paciente.
En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia, le libraron de las pesquisas judiciales.
No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que nunca.
Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar, que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella indignación.
Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate, los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse, pues, tranquilo á Mario.
El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.
Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba: ¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin advertir que siempre le repetía las mismas.
El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro, el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al portero.
Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:
Juana nació bretona, Que es nido de pastoras; Yo adoro su jubón; Bribón.
En ella amor se anida. Pues clava con su vista De su aljaba los frutos, Astutos.
Yo la canto, y yo quiero Más que á Diana, ¡salero! Sus dos melocotones, Bretones.
Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.
Hasta entonces no había creído mucho en Dios.
Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba, y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.
Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!
Á cada instante preguntaba al médico:
—¿Verdad que ya no hay peligro?
Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto de su nieto.
En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.
Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre cierta aurora en las expansiones de la vejez.
En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que una idea fija: Cosette.
Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba silencioso porque tenía allí su alma.
No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf, los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad; no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.
Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado, presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese, obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el infierno, la restitución de su perdido Edén.
Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.
Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus áridas sonrisas de anciano.
Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión del abuelo.
Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas las objeciones á la vez; Fauchelvent, Cortaelviento, la fortuna, la pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia violenta y, conclusión: Negativa.
Mario se prevenía de antemano.
Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la resistía dulcemente.
El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro que daba á las frases.
Se aproximaba evidentemente una crisis.
Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se llama tantear el terreno.
Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.
—Los hombres del '93 eran gigantes,—dijo Mario con severidad. El viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.
Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de su pensamiento los preparativos de combate.
Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones. Obtener á Cosette ó morir.
Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos. Este momento vino.



