Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 150 de 171 · 4 min de lectura

=Mario ataca=

Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre Mario, le dijo con la mayor ternura:

—¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como una buena chuleta.

Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:

—Esto me pone en el caso de deciros una cosa.

—¿Cuál?

—Que quiero casarme.

—Lo había previsto,—dijo el abuelo soltando una carcajada.

—¿Cómo previsto?

—Sí, previsto. Tendrás tu novia.

Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus miembros.

El señor Guillenormand continuó:

—Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.

«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse? Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es culpa tuya, imbécil. Óyeme.

«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto, habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.

«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu tía?

«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita, que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.

«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me ame un poco ó me diga por qué.

«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».

Dicho esto el anciano, rompió á llorar.

Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y el joven lloraron juntos.

El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.

—¡Padre mío!—exclamó Mario.

—¡Ah! ¡Conque me amas!—dijo el anciano.

Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.

Por fin, tartamudeó el abuelo:

—¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.

Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:

—Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.

—También lo tenía previsto. La verás mañana.

—¡Padre mío!

—¿Qué?

—¿Por qué no hoy?

—Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío», y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de la elegía del Joven enfermo de Andrés Chenier, á quien degollaron los malva... los gigantes del '93.

Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.

El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés Chenier, repuso precipitadamente:

—Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese la bondad de ir...

El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar. No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro, sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:

—¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le asesinaron!

—¿Á quién, señor?

—¡Á Andrés Chenier!

—Sí, señor,—dijo Vasco asustado.