Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 151 de 171 · 7 min de lectura
=La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo=
Cosette y Mario volvieron á verse.
Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe intentar la pintura; el sol es una de ellas.
Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el cuarto de Mario cuando entró Cosette.
Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.
Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.
—¡Adorable!—exclamó.
Después se sonó estrepitosamente.
Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo. Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba, ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!
Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa. Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.
Vestido muy decentemente, como había dicho el portero, luciendo un traje negro y nuevo, y con corbata blanca.
El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso, enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo bajo á su mujer:
—No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta cara.
El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y junto á la puerta.
Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo, envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía mohosa.
—¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?—preguntó por lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.
—¡Y qué!—respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la había oído.—Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular? ¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:
—Señor Tranchelvent...
El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los nombres propios era en él un rasgo aristocrático.
—Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.
«El señor Tranchelvent» se inclinó.
—Negocio concluido,—exclamó el abuelo.
Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud de bendecirlos, gritó:
—Permiso para adoraros.
No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el gorjeo.
Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de pie junto á él.
—¡Dios mío!—murmuraba Cosette.—¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible. Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos, volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.
«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis ojos.
«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!
«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse, pues, la desgracia!
«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como antes?
«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.
«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».
—¡Ángel mío!—exclamó Mario.
Ángel es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los enamorados.
Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente la mano.
El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les gritó:
—Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo! Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.
Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:
—Tuteaos. No os hagáis violencia.
La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida sin vida contemplando este triunfo del amor.
—Ya te lo tenía yo dicho,—exclamaba su padre,—no podía dejar de suceder esto.
Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:
—Contempla la dicha de los demás.
Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:
—¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su mano á estocadas.
«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues... ¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener! Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.
«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras? Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio, que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que llevar á vísperas un cirio, y cantar: Turris eburnea».
El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:
¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?
—Á propósito.
—¿Qué, padre mío?
—¿No tenías un amigo íntimo?
—Sí, Courfeyrac.
—¿Qué se ha hecho de él?
—Ha muerto.
—Más vale así.
Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:
—Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!
«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,—y dijo esto poniéndose triste de repente.—¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto. Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el favor de tirarle de la cola».
Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:
—La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.
Era la voz de Juan Valjean.
No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos seres felices.
—¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?—preguntó el abuelo, asustado.
—Yo,—respondió Cosette.
—¡Seiscientos mil francos!—repuso el señor Guillenormand.
—Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,—dijo Juan Valjean.
Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado por un libro.
Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos ochenta y cuatro mil francos.
—¡He aquí un buen libro!—dijo el señor Guillenormand.
—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—murmuró la tía.
—Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand mayor?—dijo el abuelo.—¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.
—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—repetía á media voz el señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como decir seiscientos mil. ¡Vaya!
En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.



