Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 152 de 171 · 2 min de lectura

=Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario=

Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean, después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.

La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que, para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.

El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado. Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él conocido.

Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.

La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.

«Luego veremos»,—dijo para sí.

La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de 1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado más que cinco mil francos.

Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea, donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.

Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó referir, y lo vió confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.

—En efecto,—pensó Juan Valjean,—puesto que me dejó libre teniéndome cogido, loco debía de estar.