Los miserables · Victor Hugo
Chapter 6
Capítulo 153 de 171 · 12 min de lectura
=Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz=
Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.
No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora enteros contemplando á Cosette.
—¡Qué admirable niña!—exclamaba.—¡Qué aire tan dulce y bondadoso el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.
Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les impidió perder el sentido.
—¿Comprendes algo de todo esto?—preguntábale Mario á Cosette.
—No,—respondía Cosette:—pero me parece que el buen Dios nos mira.
Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo, para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia como Cosette misma.
El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent, hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Petit Picpus.
Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos Fauchelevent era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron con celo.
Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre. Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en calidad de subrogado suyo.
En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba permanecer ignorada.
El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento. Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de medio millón.
Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y los demás por los seiscientos mil francos.
Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado; pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto. Tenía á Mario.
Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.
Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.
Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.
Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.
Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como manifestarse espléndido. Regaló á Cosette un vestido de guipur de Binche que venía directamente de su abuela.
«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten como las viejas de mi infancia».
Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios, decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines, damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo abrillantado, pañuelos de la India bordados de un oro que puede lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon, aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á Cosette.
Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul en alas de encaje de Malinas.
La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la calle de las Hijas del Calvario.
Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban espléndidamente á su alrededor.
Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:
—Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos parece una memoria antigua.
—¡Moaré antiguo!—exclamó el viejo.—Gracias, Mario. Ésta es precisamente la idea que yo andaba buscando.
Y al día siguiente vino un traje magnífico de moaré antiguo, color de té, á engrosar la canastilla de Cosette.
El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.
—El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles. Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una bucólica, y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer. Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de nada sirve.
«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar, las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina, y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las horas? Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al cucú de la Selva Negra».
El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda, y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos. Siguió perorando:
—Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos no se sabe pasar un día alegre. El siglo XIX es un siglo blanducho; fáltale el vigor del exceso. Ignora lo que es rico; ignora lo que es noble. En todo es mondo y lirondo. La clase media es insípida, incolora, inodora é informe. Sus mujeres no tienen otro sueño al establecerse, como ellas dicen, que un lindo gabinete recién alhajado con muebles de palo santo y cortinajes de calicot. ¡Paso! ¡Paso! Que el señor Hormiguita se casa con la señorita Ahorrillos. Suntuosidad y esplendor. Han pegado un luis de oro á un cirio bendito.
«Tal es la época actual. ¡Ay! Dejadme que huya á la otra parte de los Sarmatas.
«¡Ah! desde 1787 predije que estaba perdido todo el día que vi al duque de Rohan, príncipe de León, duque de Chabot, duque de Montbazon, marqués de Soubise, vizconde de Thouars, y par de Francia, ir á Longchamps en calesín.
El resultado no podía ser otro. En este siglo se hacen negocios, se juega á la Bolsa, se gana dinero, y se es miserable. Se acicala y barniza la superficie; cada cual procura prenderse bien los alfileres, lavarse, jabonarse, restregarse, afeitarse, peinarse, charolarse, alisarse, frotarse, cepillarse, limpiarse exteriormente, aparecer irreprochable, liso como un guijarro, brillante, aseado, y al propio tiempo, ¡por el alma de mi dama! en el fondo de la conciencia no hay más que fiemo y cloacas capaces de hacer retroceder á una vaquera que se suene con los dedos. Concédoles á estos tiempos este mote: «Limpieza sucia». Mario, no te enojes por ello; permíteme hablar. Yo no digo mal del pueblo, ya lo ves; al contrario, se me llena la boca con tu pueblo; pero no tomes á mal que vapulee un poco á la clase media. ¡Oh! pertenezco á ella, y «quien bien quiere bien castiga».
«Y dígote, lo repito, hoy se casa la gente, pero no sabe casarse. Sí, es verdad; sí, echo de menos la gentileza de las costumbres antiguas. Todo lo echo de menos; aquella elegancia, aquella caballerosidad, aquellos modales corteses y alegres, aquel gracioso lujo que cada cual lucía, la música formando parte de la boda, sinfonía arriba, tamboril abajo, las danzas, los rostros acoplados en la mesa, los madrigales alambicados, las canciones, los fuegos artificiales, las risas francas, el diablo y su comitiva, los grandes lazos de cintas. Echo de menos la liga de la novia; esta liga que es prima hermana del ceñidor de Venus. ¿Sobre qué gira la guerra de Troya? ¡Pardiez! sobre la liga de Elena. ¿Por qué combaten? ¿Por qué el divino Diómedes rompe en la cabeza de Merioneo el gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y Héctor se alancean? Porque Elena ha dejado que París le ate la liga.
«Con la liga de Cosette haría Homero la Ilíada. Introduciría en su poema un viejo bobalicón como yo, y le llamaría Néstor.
«Amigos míos, en otro tiempo, en el dulce tiempo de mis mocedades, los casamientos se celebraban sabiamente; primero un buen contrato de boda, y luego una comilona suculenta. En cuanto salía Cuyaceo entraba Camacho, porque, ¡diantre! el estómago es un bicho agradable que pide lo que le es debido, y quiere tener también su boda. Se cenaba de lo lindo; se tenía al lado una buena moza sin tocas ni griñones más que para velar moderadamente su garganta. ¡Oh! ¡Y qué bocas tan risueñas; y cómo reinaba el gozo en aquellos tiempos! La juventud era un ramillete; todo joven remataba con una rama de lilas ó un ramo de rosas; el guerrero se trocaba en pastor; y si por casualidad era capitán de dragones, encontraba la manera de llamarse Florián. Se procuraba aparecer bello; abundaban los bordados y brillaban los colorines. El burgués lucía como una flor; el marqués brillaba como un diamante. No se gastaban trabillas; no se usaban botas. Se iba rozagante y lustroso, satinado y adamascado, aéreo, gracioso, remilgado; lo cual no impedía llevar espada al lado. También tiene el colibrí su pico y sus uñas.
«Era el tiempo de las Indias galantes. Delicadeza y magnificencia: tales eran las dos mitades de aquel siglo. Y ¡vive Dios! que nos divertíamos en grande.
«Hoy día se es más serio. El burgués es avaro, la burguesa gazmoña. ¡Desdichado siglo es el vuestro! Seríais capaces de expulsar á las Gracias por demasiado descotadas... ¡Ay! Se oculta la hermosura como si fuera fealdad. Desde la revolución, á todo se le pone pantalones, hasta á las bailarinas; una bailadora debe ser grave, vuestros rigodones son doctrinarios. Hay que aparecer majestuosos. No es bien visto quien no lleva la barba metida dentro de la corbata. El ideal de un mozalbete de veinte años que se casa, consiste en parecerse al señor Royer-Collard. ¿Y sabéis lo que se consigue con esa majestad rara? Empequeñecerse.
«Tened previsto que la alegría no es solamente alegre, sino grande. Pero, al menos, sed enamorados alegrillos; ¡qué diablo! ¡Casaos, cuando os caséis, con la fiebre, y el atolondramiento, y el bullicio, y la batahola de la felicidad! En la iglesia la gravedad, pase. Pero después de la misa, ¡caramba! sería menester hacer revolotear un sueño fantástico en derredor de la novia.
«El casamiento debe ser quimérico y real; debe pasear en ceremonial desde la catedral de Reims hasta la pagoda de Chanteloup. Me horrorizan las bodas prosaicas. ¡Por vida de!, ese día al menos, subíos al Olimpo; sed dioses. ¡Ah! pudiendo ser silfos, juegos y risas y argiráspidas, no sois más que mezquinos galopos. Amigos míos, todo recién casado debe ser un príncipe Aldobrandini. Aprovechad ese minuto, único en la vida, para volar al empíreo con los cisnes y las águilas, aunque hayáis de caer otra vez al día siguiente en el prosaísmo de las ranas. No andarse en economías con el himeneo; no le escatiméis sus esplendores; no regateéis el día de su brillo. La boda no es el igual de casa. ¡Oh! Si yo obrase á gusto mío, ¡cuán galano lo dispondría! ¡cómo se oirían trinar los violines entre los árboles!
«He aquí mi programa; mi programa azul celeste en campo de plata. Mezclaría en la fiesta las divinidades campestres; convocaría las dríadas y las nereidas. La boda de Anfititre, una nube de rosa, ninfas con graciosos peinados y enteramente desnudas, un académico dedicando coplas á la diosa, y una carroza tirada por monstruos marinos.
¡Tritón trotando al frente, tirando de su concha sonidos placenteros que á cualquiera alborozan!
«Éste, éste es un magnífico programa de fiesta; de lo contrario, confieso que no lo entiendo, ¡torpe de mí!».
Mientras que, el abuelo, en medio de su lírica efusión, se escuchaba á sí mismo, Cosette y Mario experimentaban la dulce embriaguez de contemplarse libremente.
La señorita Guillenormand contemplaba todo aquello con su imperturbable placidez. Durante cinco ó seis meses no había cesado de recibir emoción tras emoción: Mario de vuelta, Mario cubierto de sangre, Mario traído de una barricada, Mario muerto y luego vivo, Mario reconciliado, Mario casándose con una pobre, Mario casándose con una millonaria. Los seiscientos mil francos habían sido su última sorpresa; y ya con ello recobró la indiferencia propia de los tiempos de su primera comunión.
Así, continuó yendo regularmente á los oficios, pasaba y repasaba las cuentas de su rosario, leía su eucólogo, murmuraba en un rincón de la casa sus Ave Marías, mientras cuchicheaban en otro, I love you (yo te amo), y veía vagamente á Mario y á Cosette como dos sombras. Cuando la sombra era ella.
Existe cierto estado de ascetismo inerte, en que el alma neutralizada por el entorpecimiento, extraña á lo que pudiera llamarse el trabajo de vivir, no percibe, si se exceptúan los temblores de tierra y las catástrofes, ninguna de las impresiones humanas, ni las que son agradables, ni las que son penosas.
—Esa devoción,—decía el señor Guillenormand á su hija,—se parece mucho al romadizo de cabeza. No huelas nada de la vida. Pues si no sientes el mal olor, tampoco el bueno.
Por lo demás, los seiscientos mil francos habían fijado las indecisiones de la vieja solterona. Su padre estaba tan acostumbrado á prescindir de ella, que no la consultó sobre el casamiento de Mario. Había cedido al primer ímpetu, como hacía siempre, no teniendo de déspota convertido en esclavo, más que un solo pensamiento: satisfacer á Mario. De la tía, no se había acordado, ni que existiera, ni que pudiera tener opinión propia. Esto, por complaciente y poco voluntariosa que ella fuese, la había lastimado.
Algo ofendida en su fuero interno, pero exteriormente impasible, había dicho para sí: «Mi padre resuelve la cuestión del casamiento sin mí; yo resolveré la cuestión de la herencia sin él».
En efecto; la señorita Guillenormand era rica, y su padre no lo era. No comunicó, pues, á nadie sus decisiones sobre el particular.
Es probable que si el casamiento hubiera sido pobre, pobre lo hubiese dejado. «¡Tanto peor para mi señor sobrino! Se casa con una pobre; pues que pida limosna». Pero los dos millones de Cosette cayeron en gracia á la tía, y variaron su modo de pensar respecto de aquel par de enamorados. Seiscientos mil francos son una suma que merece consideraciones, y era evidente que la señorita Guillenormand no podía dejar de testar en favor de aquellos jóvenes, por lo mismo que no necesitaban de su herencia.
Se dispuso que el matrimonio habitase en casa del abuelo. El señor Guillenormand quiso absolutamente cederles sus habitaciones, por ser las mejores de la casa.
—Esto me rejuvenecerá,—decía.—Es un antiguo proyecto que yo me tenía. Siempre tuve la idea de tener los novios en mi cuarto.
Amuebló este cuarto con gran número de antiguos y graciosos cachivaches, lo hizo tapizar con una tela extraordinaria que conservaba en pieza, y la creía de Utrech, fondo arrasado, con capullos de oro y flores de terciopelo de las llamadas orejas de oso. «De esta tela, decía, son los cortinajes de la cama de la duquesa de Anville, en Roche Guyon».
Colocó sobre la chimenea una estatuita de Sajonia, ostentando un manguito sobre el seno desnudo. La biblioteca del señor Guillenormand se transformó en despacho de abogado con destino á Mario, puesto que, con arreglo á lo que previenen los estatutos del colegio de abogados, necesitaba tener gabinete.



