Los miserables · Victor Hugo
Chapter 7
Capítulo 154 de 171 · 3 min de lectura
=Efectos del sueño mezclados á la felicidad=
Los enamorados se veían diariamente. Cosette iba á ver á Mario acompañada del señor Fauchelvent.—Esto es al revés de lo ordinario,—decía el señor Guillenormand,—que la futura venga á domicilio á hacer que se la haga la corte.—Pero la convalecencia del enfermo había hecho adoptar esa costumbre, y los sillones de la calle de las Hijas del Calvario, mejores para los diálogos amorosos que las sillas de paja de la calle del Hombre Armado, habían contribuido á arraigarla.
Mario y el señor Fauchelvent se veían, pero no se hablaban. Parecía plan convenido.
Todas las jóvenes necesitan un rodrigón. Cosette no hubiera podido ir sin el señor Fauchelvent. Para Mario, era el señor Fauchelvent la condición de Cosette, y él la aceptaba. Al discutir sobre política, aunque vagamente y sin determinar nada, bajo el punto de vista de la mejora general en la suerte de todos, llegaban á decirse algo más que sí y no. Una vez, con motivo de la enseñanza, que Mario quería que fuese gratuita y obligatoria, multiplicada bajo todas las formas, prodigada á todos como el aire y el sol, en una palabra, respirable al pueblo entero, fueron del mismo parecer, y casi entraron en conversación.
Mario echó de ver entonces que el señor Fauchelvent hablaba bien, y hasta con cierta elevación de lenguaje. Faltábale, sin embargo, algo que no sabía determinar. Tenía algo de menos que los hombres de mundo, y algo de más por otra parte.
Mario, interiormente y en el fondo de su pensamiento, rodeaba con todo género de cuestiones mudas á aquel señor Fauchelvent, que era para él sencillamente benévolo y frío. Había momentos en que se le ocurrían dudas sobre sus propios recuerdos. Existía en su memoria un agujero, un punto negro, un abismo abierto por cuatro meses de agonía, y en el que se habían perdido muchas cosas.
Preguntábase si estaba bien seguro de haber visto al señor Fauchelvent, á un hombre tan grave y sereno, en la barricada.
Por otra parte, no era éste el único estupor que las apariciones y desapariciones del pasado habían dejado en su espíritu; ni debe creerse que estuviese libre de aquellas obsesiones de la memoria que nos obligan, aun siendo dichosos, aun hallándonos satisfechos, á mirar melancólicamente hacia atrás. La cabeza, que no se vuelve hacia los horizontes ya desvanecidos, no encierra pensamiento ni amor.
Á veces Mario oprimía su cara entre ambas manos, y el vago y tumultuoso pasado atravesaba por el crepúsculo que tenía en su cerebro. Veía nuevamente caer á Mabeuf, oía cantar á Gavroche bajo la metralla, sentía en sus labios el frío de la frente de Eponina; las sombras de todos sus amigos, Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire, Combeferre, Bossuet y Grantaire, se presentaban á sus ojos disipándose enseguida. Todos aquellos seres queridos, dolorosos, valientes, alegres ó trágicos, ¿eran sueños ó habían en realidad existido?
Lo había arrastrado todo el motín en su humareda.
Las grandes fiebres producen grandes sueños. Interrogábase, palpábase, sentía el vértigo de todas aquellas realidades desvanecidas.
¿Dónde estaban, pues? ¿Era cierto que todos habían muerto?
Una caída en las tinieblas se lo había llevado todo, excepto á él. Parecíale aquélla una desaparición como detrás de una cortina de teatro. Hay telones en la vida que bajan también.
Al acto siguiente viene Dios.
Y aun él mismo, ¿era él propio por ventura? Él, pobre, era rico; él, abandonado, tenía una familia; él, desesperado, se iba á casar con Cosette.
Le parecía haber cruzado al través de una tumba, entrando en ella negro y saliendo blanco; y que en aquella tumba se habían quedado los demás. En determinados instantes, aquellos seres del pasado, volviendo y presentándosele, formaban corro en torno suyo, y le asombraban, pero se serenaba luego pensando en Cosette: necesitaba esta gran felicidad para desvanecer aquella catástrofe.
El señor Fauchelvent casi tenía también su lugar entre aquellos desvanecibles seres. Costábale trabajo á Mario creer que el Fauchelvent de la barricada fuese el mismo Fauchelvent de carne y hueso, tan gravemente sentado junto á Cosette. El primero era probablemente una de esas pesadillas que iban y venían en sus horas de delirio.
Por lo demás, siendo ambos caracteres inaccesibles, no había posibilidad que se cruzaran preguntas entre Mario y el señor Fauchelvent. Ni que se le ocurriese tal idea. En otra parte hemos indicado ya este característico detalle.
Dos hombres poseedores de un secreto, y que por una especie de convenio tácito no hablan de él, es menos raro de lo que parece.
Solamente una vez Mario intentó la prueba. Sacó á plaza en la conversación la calle de la Chanvrerie, y volviéndose al señor Fauchelvent, le dijo:
—¡Vos conocéis dicha calle perfectamente!
—¿Qué calle?
—La de la Chanvrerie.
—No recuerdo nada acerca del nombre de esa calle,—contestó el señor Fauchelvent con el tono más natural del mundo.
La respuesta, que se refería al nombre de la calle, y no á la calle misma, le pareció á Mario más concluyente de lo que lo era en realidad.
—Decididamente,—pensó él,—he soñado. He tenido una alucinación. Alguien que se le parecería. Este señor Fauchelvent no estaba allí.



