Los miserables · Victor Hugo

Chapter 8

Capítulo 155 de 171 · 6 min de lectura

=Dos hombres imposibles de encontrar=

El encantamiento, por grande que fuese, no borró en nada otras preocupaciones del espíritu de Mario.

Mientras se iba disponiendo la boda y llegaba la época fijada, se dedicó á hacer difíciles y escrupulosas indagaciones retrospectivas.

Tenía contraídas deudas de gratitud por varios lados, así por parte de su padre, como por sí mismo.

Existía Thénardier, y existía el desconocido que le había llevado á él, Mario, á casa de su abuelo Guillenormand.

Mario quería encontrar á esos dos hombres, pues no se explicaba cómo podría casarse y ser feliz olvidándolos, temiendo que aquellas deudas de reconocimiento no pagadas, enturbiaran la luz de su existencia, tan esplendente á la sazón.

Érale imposible dejar tras de sí semejantes partidas en descubierto; y quería, antes de penetrar alegremente en el porvenir, saldar completamente el pasado.

El que Thénardier fuese un malvado, no borraba el hecho de haber salvado al coronel Pontmercy. Thénardier podía ser un bandido para todo el mundo, excepto para Mario.

Y Mario, ignorando la verdadera escena del campo de Waterloo, no conocía aquella particularidad de que su padre se hallase con respecto á Thénardier en la situación extraña de deberle la vida sin deberle por eso agradecimiento.

Ninguno de los diversos agentes que empleó Mario, consiguió descubrir la pista de Thénardier. Por este lado parecía haberse borrado todo por completo. La esposa Thénardier había muerto en la cárcel mientras se estaba sumariando el proceso.

Sólo Thénardier y su hija Azelma eran los únicos que habían quedado de aquel grupo lamentable; pero sumergidos nuevamente en la sombra.

El abismo del desconocimiento social había vuelto á cerrarse silenciosamente sobre aquellos seres, sin que se viese siquiera á la superficie aquel estremecimiento, aquel temblor, aquellos apagados círculos concéntricos que anuncian que algo ha caído al fondo, y que puede echarse la sonda.

Muerta la Thénardier, sobreseído en la parte de Boulatruelle, desaparecido Claquesous y fugados de la cárcel los principales acusados, el proceso de la emboscada del caserón de Cuervo, había casi abortado. El caso resultaba, pues, bastante obscuro. El tribunal había tenido que contentarse con los dos subalternos Panchaud (a) Primaveral y Demi Liard (a) Millonario, que fueron sentenciados contradictoriamente á diez años de presidio. Á sus cómplices evadidos y contumaces se los había condenado á cadena perpetua.

Thénardier, jefe y promovedor, había sido sentenciado también, pero á muerte, en rebeldía; y esta sentencia era lo único que quedaba de Thénardier, arrojando sobre aquel nombre sepultado su resplandor siniestro como una vela junto á un ataúd.

Por lo demás, sumido Thénardier en las últimas profundidades por el temor de que le volvieran á prender con motivo del referido fallo, aumentaba la tenebrosa nube que ya le envolvía.

En cuanto al otro, en cuanto al hombre ignorado que había salvado á Mario, las pesquisas dieron por el pronto algún resultado; pero no dieron luego mayor luz.

Consiguióse encontrar el coche de alquiler que había transportado á Mario á la calle de las Hijas del Calvario en la noche del 6 de junio.

Declaró el cochero que el 6 de junio, obedeciendo las órdenes de un agente de policía, se había «estacionado» desde las tres de la tarde hasta el anochecer en el muelle de los Campos Elíseos, junto al desagüe de la Gran Cloaca. Que á eso de las nueve de la noche se había abierto la reja de la alcantarilla que da sobre el ribazo del río; que había salido un hombre llevando á cuestas á otro hombre, que parecía muerto; que el agente que estaba en observación en dicho punto, había puesto preso al vivo y recogido al muerto; que, por orden del agente, él, cochero, había admitido á toda aquella gente en su coche; que primero habían ido á la calle de las Hijas del Calvario; que allí habían depositado al hombre muerto; que el hombre muerto era el señor Mario, y que él, el cochero, le conocía muy bien, aunque esta vez estuviese vivo; que enseguida habían vuelto á subir á su coche, y él había arreado los caballos; que á pocos pasos de la puerta de los Archivos le habían gritado que parara; que allí, en la calle, le habían pagado y despedido, y el agente se había llevado al otro individuo; que él no sabía nada más, y que la noche era muy obscura.

Mario, ya lo hemos dicho, de nada se acordaba; únicamente, conservaba cierta idea vaga de que le había cogido por detrás una mano vigorosa en el momento de caer de espaldas en la barricada; después, todo se había desvanecido.

No habiendo recobrado el conocimiento sino después en casa de su abuelo Guillenormand.

Perdíase en conjeturas.

No podía dudar de su propia identidad. ¿Cómo conciliar entonces que, habiendo caído en la calle de la Chanvrerie, le hubiese recogido un agente de policía en el ribazo del Sena, junto al puente de los Inválidos?

Alguien le había llevado desde el barrio de los mercados hasta los Campos Elíseos. ¿Y cómo? Por la alcantarilla. ¡Servicio inaudito!

¡Alguien! Pero, ¿quién?

Éste era el hombre que buscaba Mario.

Pero de este hombre, que era su salvador, nada, ni una huella, ni el menor indicio.

Aunque obligado Mario, por otra parte, á guardar gran reserva, extendió sus investigaciones hasta la prefectura de policía. Y allí tampoco arrojaron mayor luz los informes que dieron.

La prefectura sabía menos que el cochero del carruaje de alquiler. Allí no se tenía noticia de ningún arresto verificado el 6 de junio en la reja de la Gran Cloaca; no se había recibido parte ninguno de agente alguno referente al hecho que en la prefectura, se consideraba como una fábula.

Atribuíase la invención de aquella fábula al cochero. Para alcanzar una propina, son los cocheros capaces de todo, hasta de tener imaginación.

El hecho, sin embargo, era cierto, y Mario no podía dudar de él, á menos de dudar de su propia personalidad, como hemos dicho.

Todo resultaba inexplicable en tan extraño enigma.

¡Aquel hombre! Aquel hombre misterioso que el cochero había visto salir de la reja del Gran Albañal llevando á cuestas á Mario desmayado y que el agente de policía en observación había arrestado en flagrante delito de salvar á un insurrecto, ¿qué se había hecho? Y el mismo agente, ¿qué se había hecho también?

¿Por qué había guardado silencio aquel agente? ¿Había logrado evadirse aquel individuo? ¿había sobornado al agente?

¿Por qué, pues, ese hombre no daba señal ninguna de vida á Mario, que se lo debía todo? Su desinterés no era menos prodigioso que su abnegación. ¿Por qué el tal hombre no reaparecía? Quién sabe si era superior á la recompensa; pero nadie lo es al agradecimiento.

¿Había muerto? ¿Qué hombre era aquél? ¿Qué figura la suya? Nadie podía decirlo.

El cochero respondía: La noche era muy negra. Vasco y Nicolasita, aturdidos, no habían reparado sino en el señorito, todo lleno de sangre.

El portero, cuya luz había alumbrado la trágica llegada de Mario, era el único que se había fijado en el hombre en cuestión, y las señas que daba eran éstas:

—«Era un hombre horrible».

Con la esperanza de sacar partido para sus investigaciones, Mario hizo guardar el traje ensangrentado que llevaba puesto cuando le condujeron á casa de su abuelo.

Al examinar la levita, notóse que estaba desgarrada de una manera extraña en uno de los faldones. Faltábale un jirón.

Hablando Mario una noche delante de Cosette y Juan Valjean de aquella singular aventura, de los informes sin cuento que había tomado y de la inutilidad de sus esfuerzos, impacientóle el rostro frío de Fauchelvent, y exclamó con una viveza que casi tenía la vibración de la cólera:

—Sí, ese hombre, quien quiera que sea, fué sublime. ¿Sabéis, señor mío, lo que hizo? Intervino como el arcángel. ¡Fuéle preciso arrojarse en medio del combate, arrebatarme, abrir la alcantarilla, arrastrarme por ella, llevarme! ¡Fuéle preciso andar más de legua y media por horrorosas galerías subterráneas, encorvado, doblado, en las tinieblas, en la cloaca; más de legua y media, señor mío, con un cadáver á cuestas! ¿Y con qué objeto? Con el único objeto de salvar aquel cadáver. Y aquel cadáver era yo. Sin duda dijo él para sí: «¡Quizá hay todavía un soplo de vida; voy á arriesgar mi existencia por ese miserable resquicio!». ¡Y arriesgó su existencia, no una, sino veinte veces! Cada paso era un peligro; y la prueba está en que al salir de la alcantarilla, le prendieron.

«¿Sabéis, señor mío, que aquel hombre hizo todo esto? Sin la esperanza de recompensa alguna. ¿Qué era yo? Un insurrecto. ¿Qué era yo? Un vencido.

«¡Oh! Si los seiscientos mil francos de Cosette fueran míos...».

—Vuestros son,—interrumpió Juan Valjean.

—Pues bien,—respondió Mario;—yo los daría por encontrar á ese hombre.

Juan Valjean guardó silencio.

LIBRO SEXTO NOCHE CLARA