Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 157 de 171 · 14 min de lectura

=Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo=

¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.

Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora. La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.

Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una virgen dispuesta á convertirse en diosa.

Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados; entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas pálidas; eran las cicatrices de la barricada.

El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.

Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.

—Señor Fauchelvent,—decía el abuelo,—éste es un gran día. Voto por el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya! ¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, felices; con esto me contento.

Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas, en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron, decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par, dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo; parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante resultaba aún más embelesador.

Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean. La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos míos,—les decía el abuelo,—heteos hechos ya el señor barón y la señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical: «¡Es verdad pues! ¡Me llamo Mario; soy tu señora!».

Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.

Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran dos lirios.

No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo, y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del sueño, el tálamo nupcial.

Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez. Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba, y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el tocado á la alegría.

¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de su amor remataba en una ascensión!

El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de Cosette caían sobre Mario.

Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de sí bastante tiempo para adivinar.

¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.

En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del Calvario.

Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres, agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.

Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette, advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.

Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette, llamándola á porfía señora baronesa.

El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres, donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo Pontmercy. Cosette no le conoció.

Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.

—¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de lanceros!—decía para sí Guillenormand.

Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.

Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su niñez, y le acariciaba con su sonrisa.

Habíase dispuesto el banquete en el comedor.

Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas, no. Á falta de sol es menester crear uno.

El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro, por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules, violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías. Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza, servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que donde no había una luz había una flor.

En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban á la sordina cuartetos de Haydn.

Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de novia, y preguntóle con picaresca mirada:

—¿Estáis contento, padre?

—Sí,—dijo Juan Valjean,—estoy contento.

—Bien; reíos entonces.

Juan Valjean sonrió.

Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.

Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el orden establecido, alrededor de la mesa.

Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.

Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.

No estaba allí.

Guillenormand preguntó á Vasco:

—¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?

—Señor,—respondió Vasco,—precisamente acaba de salir, encargándome de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa, rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.

Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia. Fortunato junto á Fortunata».

Aplauso general de toda la mesa.

Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos á Dios mismo.

Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.

Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á otro de la mesa con toda la animación del olvido.

Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.

—No os librareis por cierto de dos sermones,—exclamó.—Por la mañana habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo. Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.

«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta, Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca jamás desmedidas las dichas ni la vida?

«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante Sancy (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de Sancy, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.

«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.

«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan sólido? Porque es un trapo.

«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo, porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres. Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles. Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad, rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena, es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette; tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra, y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado, también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.

«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros. El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia, y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo, guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo demás.

«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios, es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama, quien quiera que sea, es ortodoxo.

«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer! Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo, ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche, mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces! ¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.

«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera; por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las flores, las aves y las mujeres guapas.

«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».

La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho; fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del señor Guillenormand.

Hubo bullicio y luego silencio.

Desaparecieron los novios.

Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en templo.

Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.

El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se celebra el amor.

Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad, é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él. Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra. Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es decir, amor, entra el idealismo.

Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse, en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.

Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.

Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.

Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el cumplimiento del más alto deber.