Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 158 de 171 · 4 min de lectura

=La inseparable=

¿Qué había sido de Juan Valjean?

Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo, trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.

Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos, estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.

Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines, el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de Cosette.

Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del Hombre Armado.

Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de las Hijas del Calvario.

Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro itinerario.

Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.

La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos. Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el cuarto de Cosette.

No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse. Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.

Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios, pasando del uno al otro cuarto.

Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.

Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha como si nada tuviese en ella.

Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento, se fijaron en la inseparable, que había dado celos á Cosette; en la maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera. Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del bolsillo y abrió la maleta.

Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean. Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil aquellos vestidos para Cosette.

Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama. Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él, Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada. Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».

Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón, constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.