Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 159 de 171 · 6 min de lectura
=Immortale jecur=
La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes fases, vuelve á empezar.
Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!
¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se hunde el suelo!
¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces, derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!
¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla! ¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado convulsivamente bajo la evidencia del deber!
Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que solamente él sentía manar!
¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado, desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía: «Ya puedes ir en paz».
Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!
No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su postrer combate.
Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.
Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de todas aquellas encrucijadas.
Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?
El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.
Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y la sonriente emboscada.
¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible cosa, un destino irremediable!
He aquí la cuestión que se presentaba:
¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo, al arrancarlo humeante de su pecho herido.
Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso la riqueza, y esto era obra suya.
Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si le perteneciera?
Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir? ¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse, envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo, la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe? ¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?
Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo interrogante.—¿Qué vas á hacer?—pregunta la esfinge.
Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la esfinge.
Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.
Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?
Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.
¿Iba á soltar su presa?
Entonces, el abismo.
Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho, combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad, como contra su convicción.
Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel desesperado.
Sentíase detenido.
¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado, encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno, esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!
¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!
¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!
La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría. ¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco también! Es preciso arrojar también el corazón.
En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de haber un tonel parecido á ese pozo.
¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque gritasen: ¡basta!?
La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?
El primer paso no es nada; el último es el difícil.
¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con volver á la nada?
¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el segundo!
¿Y cómo no volver entonces la cabeza?
El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica el suplicio?
Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.
Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz y sombra.
Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él mismo su irremediable sumersión.
De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.
¿Qué solución adoptó?
¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?
Su vertiginosa divagación duró toda la noche.
Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas veces, como el águila otras.
Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.
Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había allí nadie?
Quien está en las tinieblas.
NOTAS:
Daron, padre.
Roulotte, carruaje.
Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni vou, si no conozco yo al tal parisién.
Filar, seguir.
Fée, hija.
Pharos, al gobierno.
Caer, ser preso.
LIBRO SÉPTIMO LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ



