Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 161 de 171 · 12 min de lectura
=Obscuridades que puede contener una revelación=
Mario estaba trastornado.
La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.
Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.
Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.
¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?
¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?
Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor correspondido; sacudimientos de esta especie harían estremecer forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su gloria.
Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél, preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido, sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette? Reconocía,—y así es como por una serie de confesiones sucesivas de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va corrigiendo poco á poco—reconocía, decimos, el lado quimérico y visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero hasta el punto de convertirle en una conciencia inundada de bruma. Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la individualidad de Mario.
Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado violento y embelesador del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía, en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.
Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago, sin conceder espacio más que al amor.
En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo, de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado menos? ¿Habría dejado de casarse? No.
¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues, tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor le había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.
Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca infernal.
La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.
En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta sorpresa.
Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.
Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.
Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse para siempre en el seno de una familia honrada; y había resistido á la tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había explicado con el irresistible acento de la sinceridad.
En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias, hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de alma.
Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable, irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel hombre.
Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de Juan Valjean? La confianza.
En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.
Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.
El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube, mas la nube se ennegrecía nuevamente.
Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le alcanzaba todavía.
¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar de querellarse, había huido?
Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo sentenciado y prófugo.
Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?
Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer allí?
Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta: Javert.
Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo. Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario. El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.
Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?
¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio? ¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?
¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella solicitud disforme.
Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues, aquel hombre precipicio?
Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana, tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor, habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella, educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él, impuro, de pureza?
¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra y de toda nube la aparición de un astro?
Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera, el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?
Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible, pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la primavera á hacer la rosa?
Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas. No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear? ¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no le incumbían.
Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella declaración solemne del miserable: «No soy nada de Cosette. Hace diez años que ignoraba que ella existiese».
Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues, y quien quiera que fuese, su misión había concluido.
Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.
En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos indicado, presentía un quid divinum en aquel hombre. Sin embargo, por más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social, carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón. Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un hombre.
Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos. No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra vindicta.
Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo de progreso latente.
En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto fué volver la cabeza, exclamando interiormente: Vade retro.
Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan Valjean hasta el punto de que éste le dijera: Me estáis confesando, no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.
No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?
¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de empujarle, no hubiera querido retenerle?
¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que despejarse.
Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no ver á Juan Valjean.
Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.
En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.
Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se las echaba en cara por no haberlas hecho.
Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y simplemente haber rechazado á Juan Valjean.
Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su casa de aquel hombre.
Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba descontento de sí mismo.
¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar, no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para Cosette.
En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le sublevaba.
Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro, pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación profunda.
No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es un talento, y Mario lo tuvo.
Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel presidiario derramado sobre Cosette.
Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.
LIBRO OCTAVO DECRECIMIENTO CREPUSCULAR



