Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 162 de 171 · 6 min de lectura
=El cuarto bajo=
Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».
Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le dirigió la palabra:
—El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó esperar aquí.
—Quedarme aquí,—respondió Juan Valjean.
Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y dijo:—Voy á avisar á la señora.
La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle, enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana enrejada.
No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela, anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías, amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de Juan Valjean: «Quedarme aquí».
Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama, mostrando más urdimbre que trama.
Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana.
Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.
Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró, sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.
De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.
No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.
Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.
—Padre,—exclamó Cosette,—ya yo me sabía vuestras singularidades, pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le reciba aquí.
—Sí, yo soy.
—Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.
Y le presentó la mejilla.
Juan Valjean permaneció inmóvil.
—No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la tenéis.
Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el suelo.
—Esto se pone serio,—dijo Cosette.—¿Qué os he hecho yo? Me creo ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.
—He comido ya.
—No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid conmigo á la sala enseguida.
—Imposible.
Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las preguntas.
—Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la casa! Esto es horrible.
—Tú sabes...
Juan Valjean rectificó:
—Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.
Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.
—¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?
Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando recurría.
—Habéis querido ser señora, y ya lo sois.
—Pero no para vos, padre.
—No me llaméis padre.
—¿Cómo?
—Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.
—¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...
—Nada.
—Pues, ¿y entonces?
—Todo sigue lo mismo.
—¿Por qué cambiáis de nombre?
—También habéis vos cambiado el vuestro.
Sonrióse entonces como antes, y añadió:
—Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el señor Juan.
—Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo. Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, mas no hasta el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.
Juan Valjean no respondió.
Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible, levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.
—¡Oh!—le dijo.—¡Sed bueno!
Y prosiguió:
—Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo dicho, mi padre.
Él apartó las manos.
—No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.
Cosette se incomodó.
—¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad que no sé qué he de deciros!
—Si la tía Santos estuviese aquí,—repuso Juan Valjean, como quien busca testigos para asirse hasta de un cabello,—sería la primera en convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.
—Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.
—Al venir,—respondió Juan Valjean,—he visto en la calle de San Luis un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita, no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus cajoncitos. Es bellísimo.
—¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!—replicó Cosette.
Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios, sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.
—Estoy furiosa,—prosiguió.—Desde ayer me estáis haciendo todos rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola. Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en ella? ¿Estáis resentido contra mí? Me estáis apenando en alto grado. ¡Id, pues!
Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:
—Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.
La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean. Cosette quería solo arañar, y destrozaba.
Juan Valjean palideció.
Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y hablando consigo mismo, murmuró:
—Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.
—¡Ah! ¡Me habéis tuteado!—exclamó Cosette.
Y saltó á su cuello.
Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole casi que la recobraba.
—¡Gracias, padre!—le dijo Cosette.
Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.
Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.
—¿Qué es eso?—preguntó Cosette.
Juan Valjean respondió:
—Me retiro, señora; os están aguardando.
Y desde el umbral de la puerta añadió:
—Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder. Perdonadme.
Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática despedida.



