Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 163 de 171 · 4 min de lectura

=Otro paso atrás=

Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.

Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre, ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora solamente.

Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría estado, si le hubiese sido posible.

Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de los límites de su amor.

La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las botellas y Nicolasita las arañas.

Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó á ello, repitiendo que el señor había sido siempre así. El abuelo decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos están adquiridos.

El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que dan á ciertas gentes».

Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se arrastra en el fondo.

Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la respiración del animal desconocido.

Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared, buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.

Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.

Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos los días su visita.

Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.

Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente? Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.

Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.

Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos minutos, y luego se iba.

Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba más pronto y se despedía, más tarde.

Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero advirtió que debía llamarle Juan.

—¡Ah! es verdad,—dijo ella riéndose,—señor Juan.

—Esto es,—dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese enjugarse los ojos.