Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 164 de 171 · 6 min de lectura

=Recuerdan el jardín de la calle Plumet=

Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa extinción.

Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla entonces nuevamente en detalle.

La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma, tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la contemplaba silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de entonces.

Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente ya, aunque fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del despertar, el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas, ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette: «Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera del amor.

La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente.

Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de las Hijas del Calvario.

—La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,—le dijo Vasco.

Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó él la cabeza y se marchó.

Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había visto á Juan Valjean.

—¿Cómo fuisteis?—le preguntó Valjean.

—Á pie.

—¿Y cómo habéis vuelto?

—En un coche de alquiler.

Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró, pues, una pregunta:

—¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más de quinientos francos mensuales. Sois ricos.

—No sé,—respondió Cosette.

—Lo mismo que con la tía Santos,—continuó Juan Valjean.—Se ha ido, y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?

—Basta con Nicolasita.

—Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os sirva.

—¿No tengo á Mario?

—Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro. Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.

Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.

Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso, discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba Juan Valjean permanecer largo tiempo.

¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la señora baronesa que la mesa está servida».

Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.

¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?

Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente notó que no habían encendido la chimenea.

—¡Calle!—pensó.—No hay lumbre.

Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en abril, y han cesado los fríos».

—¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!—exclamó Cosette entrando.

—¡Quiá, no!—dijo Juan Valjean.

—¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?

—Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.

—¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita encenderlo todo el año.

—Me ha parecido que era inútil.

—¡Otra de las vuestras!—respondió Cosette.

Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué significa esto? pensó Juan Valjean.

Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la chimenea.

Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:

—Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.

—¿Qué es ello?

—Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo». Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por saberlo».

Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y volvió á bajar.

Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.

Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.

Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento. Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.

—¿Qué es esto?—exclamó Cosette al entrar.—¡No hay sillones! ¿Dónde están los sillones?

—Se los han llevado,—respondió Juan Valjean.

—¡Esto es ya demasiado!

Juan Valjean balbuceó:

—Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.

—¿Por qué?

—Porque no voy á estar más que unos minutos.

—No es ello una razón para estar de pie.

—He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.

—¿Para qué?

—Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.

—Á nadie esperamos.

Juan Valjean no pudo decir una palabra más.

Cosette se encogió de hombros.

—¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!

—Adiós,—murmuró Juan Valjean.

No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós, señora».

Salió abrumado por completo.

Había comprendido por fin.

Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.

—¡Vaya!—exclamó.—No ha venido hoy el señor Juan.

Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se distrajo con un beso de Mario.

Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.

Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!

Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo, y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta: «Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego. Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando. Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.

Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué el señor Juan no había ido á la víspera».—Hace des días que no he ido,—dijo dulcemente Juan Valjean.

Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á Cosette.