Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 165 de 171 · 3 min de lectura

=Atracción y extinción=

Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de 1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y entraba en la de San Luis.

Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada, fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las Hijas del Calvario.

Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.

Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba llegar, lo temía.

Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil. La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban la aguja que busca el polo.

Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle; y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.

Luego una lágrima, que poco á poco se había acumulado en el ángulo de los párpados, bastante gruesa ya para caer, resbalaba sobre su mejilla, yendo á parar alguna vez á la boca, donde sentía el anciano un sabor amargo. Permanecía así algunos minutos, cual si fuera de piedra, y después se volvía por el mismo camino y con lentitud, apagándose su mirada á medida que se alejaba.

Poco á poco aquel anciano cesó de ir hasta la esquina de la calle de las Hijas del Calvario; parábase á la mitad del camino en la calle de San Luis, más lejos unas veces y otras más cerca.

Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y retrocedió sobre sus propios pasos.

Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van disminuyendo hasta que por fin se para.

Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello, le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?

La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados; aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las arrugas de su enflaquecido cuello.

Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un paraguas, que no abría.

Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los muchachos le seguían riéndose.

LIBRO NOVENO SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA