Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 166 de 171 · 3 min de lectura

=Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos=

¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!

Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.

Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse, pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo, colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la desaparición, era el eclipse.

Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego se verán.

La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite, y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo, en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para nada aquel dinero.

Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla también.

Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos de Mario.

Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de Cosette.

No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales. Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su corazón, inclinado á un lado solamente.

Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente, supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del Hombre-Armado, á informarse de si el señor Juan había vuelto de su viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.

Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya sino una necesidad, Mario.

Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar el sepulcro de su padre.

Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y Cosette se había dejado llevar por él.

Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos, ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree. Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho, «mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No acusemos, pues, á las pobres criaturas.