Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 167 de 171 · 2 min de lectura

=Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite=

Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5 al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la cama.

La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:

—¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!

—La cazuela está llena del todo.

—Sí comí, respondió Juan Valjean.

—Ved la jarra del agua. Está vacía.

—Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.

—Es igual,—exclamó Juan Valjean.—No tenía ganas más que de agua.

—Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama calentura.

—Comeré mañana.

—Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse: comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis coles que estaban tan ricas!

Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:

—Os prometo comerlas.

—Me tenéis enfadada,—respondió la portera.

Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.

De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.

Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto. Estaba siempre acostado.

La portera le había dicho á su marido:

—El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho. ¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que su hija ha hecho un mal casamiento.

El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:

—Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si no tiene médico, se morirá.

—¿Y si lo tiene?

—Se morirá también,—dijo el portero.

La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre dientes:

—¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.

Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.

—En el segundo piso,—le dijo.—No hay más que entrar. Como el buen hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de afuera. No tenéis más que entrar.

El médico vió á Juan Valjean y le habló.

Cuando bajó, le preguntó la portera:

—¿Y bien, doctor?

—Muy malo está el enfermo.

—¿Qué es lo que tiene?

—Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una persona querida. Y de eso se muere.

—¿Qué os ha dicho?

—Me ha dicho que se sentía bien.

—¿Volveréis, doctor?

—Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además de mí.