Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 168 de 171 · 4 min de lectura
=Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent=
Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve, y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca. Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó copiosamente.
Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.
Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.
Lo extendió sobre la cama.
Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después, aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en las habitaciones donde hay difuntos.
Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles; era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han de reproducirse ya.
Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en aquel espejo y no se reconoció.
Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad; eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.
Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma como un cuajo de desesperación.
La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y papel.
Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido, tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente hacia su boca, y bebió un trago.
Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos aquellos queridos objetos.
Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.
De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal; apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y tomó la pluma.
Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca; fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero; lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se enjugaba el sudor de la frente.
Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:
«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente. Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio ha de ser de color violeta para la joyería de hierro, y negro para la de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».
Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acometió uno de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas manos y empezó á meditar.
—¡Oh!—exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios sólo oídos).—Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh! ¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella, al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!
En aquel momento llamaron á la puerta.



