Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 170 de 171 · 14 min de lectura

=Noche tras de la cual se encuentra el día=

Al golpe que oyó sonar en la puerta, volvióse Juan Valjean.

—Adelante,—dijo débilmente.

Abrióse la puerta, y aparecieron Cosette y Mario.

Cosette se precipitó en el cuarto.

Mario permaneció en el umbral, de pie y apoyado contra el quicio de la puerta.

—¡Cosette!—exclamó Juan Valjean.

Y se incorporó en la silla, con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, con una alegría inmensa en los ojos.

Cosette, sofocada por la emoción, cayó sobre el pecho de Juan Valjean, exclamando:

—¡Padre!

Juan Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:

—¡Cosette, ella! ¡Vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ay, Dios mío!

Y sintiéndose estrechar entre los brazos de Cosette, exclamaba:

—¡Eres tú! ¡Sí, tú eres! ¡Me perdonas, entonces!

Mario, bajando los párpados para contener sus lágrimas, dió un paso, y murmuró entre sus labios contraídos convulsivamente para no dar salida á los sollozos:

—¡Padre mío!

—¡Y vos también, vos me perdonáis!—dijo Juan Valjean.

Mario no acertó á encontrar palabras para contestar, y Valjean añadió:

—Gracias.

Cosette se quitó el chal y el sombrero, arrojándolos sobre la cama.

—Esto me molesta—dijo.

Y sentándose sobre las rodillas del anciano, apartó sus cabellos blancos con un movimiento adorable, y le besó la frente.

Juan Valjean, extasiado, la dejaba hacer.

Cosette, no comprendiendo aquello sino muy confusamente, redoblaba sus caricias, como si quisiese pagar la deuda de Mario.

Juan Valjean balbuceaba:

—¡Cuán simple es el hombre! Yo creía no volverla á ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el momento en que habéis entrado me estaba yo diciendo: «Todo acabó. Ahí están sus vestiditos; soy un miserable, no veré más á Cosette». Todo esto me decía yo en el momento mismo en que estabais vosotros subiendo la escalera. ¡Qué torpe! ¡Se necesita ser estúpido para no contar con la bondad de Dios! Dios dice: ¿crees que te van á abandonar, torpe? No. Eso no será así. Sí; hay un buen hombre que ha menester de un ángel. Y el ángel viene; y uno vuelve á ver á su Cosette; ¡vuelve á ver á su pequeña Cosette! ¡Ay! ¡Qué desgraciado era!

Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó:

—Ciertamente, yo necesito ver á Cosette un ratito de cuando en cuando. Al corazón le hace falta un hueso que roer. Sin embargo, conocía que estaba de sobra, y me decía interiormente: «Ellos no necesitan de ti; quédate en tu rincón; nadie tiene derecho á eternizarse». ¡Ah! ¡Bendito Dios! ¡Vuelvo á verla!

«¿Sabes, Cosette, que tu marido es un guapo mozo?

«¡Oh! llevas un bonito cuello bordado. Perfectamente. El dibujo me gusta. Lo ha elegido tu esposo, ¿verdad? Y luego, será menester que te compres cachemires. Señor de Pontmercy, dejadme que la tutee. No será por mucho tiempo».

Y Cosette, á su vez, le respondía:

—¡Qué picardía habernos dejado así! ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué os ausentasteis tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres ó cuatro días. He mandado á Nicolasita, y la respondían siempre: «Está fuera». ¿Desde cuándo habéis vuelto? ¿Por qué no nos habéis avisado? ¿Sabéis que estáis muy cambiado? ¡Ah, qué padre más malo! ¡Estar enfermo y no saberlo nosotros! ¡Mira, Mario, toca su mano qué fría está!

—¡Habéis venido también! ¡Con que, es decir, señor de Pontmercy, que me perdonáis!—repitió Juan Valjean.

Al oir de nuevo estas palabras dichas por Juan Valjean, Mario dió libre rienda á todos los sentimientos que se agolpaban en su corazón:

—Cosette, ¿no oyes? ¡Insiste en pedirme perdón! ¿Y sabes lo que me ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún; me ha dado á ti. Y después de haberme salvado, después de haberte dado á mí, ¿qué ha hecho de sí mismo? Se ha sacrificado. Tal es ese hombre. Y á mí, el ingrato, á mí el olvidadizo, á mí el desapiadado; á mí el culpable, me dice: «¡Gracias!». Cosette, toda mi vida, pasada á los pies de este hombre, no sería bastante expiación. ¡Aquella barricada, aquel albañal, aquel pozo, aquella cloaca, todo lo atravesó por mí, por ti, Cosette! Me llevó á través de todas las muertes que apartaba de mí, y que aceptaba para él. Ese hombre reúne todos los bríos, todas las virtudes y todos los heroísmos. ¡Cosette, ese hombre es un ángel!

—¡Chist! ¡Chist!—murmuró por lo bajo Juan Valjean. ¿Á qué viene todo eso?

—¡Pero vos!—exclamó Mario, con una cólera no desprovista de cierta veneración. ¿Por qué no lo habéis dicho? Es también culpa vuestra. ¡Salva la vida á las gentes, y lo oculta! Y además, bajo pretexto de quitarse la máscara, ¡va á calumniarse! Esto es horrible.

—He dicho la verdad,—respondió Juan Valjean.

—No,—replicó Mario; la verdad, es la verdad toda, y vos no lo habéis dicho todo. Vos fuisteis Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado á Javert, ¿por qué no decirlo? Yo os debía la vida, ¿por qué no lo dijisteis tampoco?

—Porque pensaba como vos, y conocía que teníais razón, que era preciso que yo me fuese. Si os hubiera referido lo de la alcantarilla, me habríais hecho permanecer á vuestro lado. Debía, pues, callarme. Hablando, todo se echaba á perder.

—¿Echábase á perder, qué?—repuso Mario.—¿Creéis que vais á quedaros aquí? Si venís con nosotros. ¡Ay! ¡Dios! ¡Cuando pienso que sólo por casualidad he sabido todo esto! Sí, sí, os llevamos con nosotros. Formáis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis un día más en esta horrible casa. No esperéis estar mañana aquí.

—Mañana,—dijo Juan Valjean, no estaré aquí, pero tampoco estaré en vuestra casa.

—¿Qué queréis decir?—replicó Mario. Es que no os permitimos ya más viajes. Ya no os apartaréis de nosotros. Nos pertenecéis, y no os soltamos.

—Y lo que es ahora va de veras,—añadió Cosette.—Abajo tenemos un coche. Yo os llevo conmigo. Y, si es menester, emplearé la fuerza.

Y sonriendo, hizo ademán de levantar al anciano en sus brazos.

—Allí está, como siempre, vuestro cuarto en nuestra casa,—prosiguió ella.—¡Si supiérais qué hermoso se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas flores! Las calles están enarenadas con arena del río, con sus conchitas violeta. Comeréis de mis fresas. Yo soy quien las riego.

«Y ya no más señora, ni señor Juan; viviremos en república, todos nos hablaremos de tú. ¿No es esto, Mario? Se ha cambiado el programa. ¡Padre, si supiérais! ¡He tenido una pena!... Había un petirrojo anidado en un agujero de la pared, y un pícaro gato se lo ha comido. ¡Mi pobre petirrojo, que sacaba la cabecita de un agujero para mirarme! He llorado; vaya si he llorado; y de buena gana habría matado al gato. Pero ahora ya nadie llora; todos ríen, todos son felices. Vais á veniros con nosotros. ¡Cómo se alegrará el abuelo! Tendréis vuestro cuadro en el jardín y lo cultivareis á vuestro modo. Veremos si vuestras fresas valen tanto como las mías. Y después, haré yo todo lo que queráis, y luego, vos me obedeceréis á mí.

Juan Valjean la escuchaba sin oir.

Percibía la música de su voz, más bien que el sentido de las palabras, en tanto que una de aquellas lágrimas, que son perlas sombrías del alma, germinaba lentamente en sus ojos.

Y murmuró:

—La prueba de que Dios es bueno, es la que tengo aquí.

—¡Padre mío!—dijo Cosette.

Juan Valjean continuó:

—No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Allí hay árboles llenos de pájaros. Me pasearía con Cosette. Es grato estar reunidas las gentes, y darse los buenos días, y llamarse en el jardín, y estarse viendo desde por la mañana. Cultivaríamos cada cual un rinconcillo. Ella me daría sus fresas yo le daría á coger mis rosas. Sería silencioso, pero...

Se detuvo, y añadió después dulcemente:

—No hay remedio.

La lágrima no cayó, volviendo de nuevo en la órbita, y Juan Valjean la reemplazó con una sonrisa.

Cosette tomó las dos manos del anciano entre las suyas.

—¡Dios mío!—exclamó.—Vuestras manos están aún más frías. ¿Os sentís malo? ¿Os duele algo?

—¿Yo? ¡No!—respondió Juan Valjean.—Me siento bien. Pero...

Paróse.

—¿Pero qué?

—Me voy á morir desde luego.

Cosette y Mario se estremecieron.

—¡Morir!—exclamó Mario.

—Sí: pero no es nada,—dijo Juan Valjean.

Respiró, sonrió y repuso:

—Cosette, tú estabas hablando; continúa, háblame más. ¿Con que murió tu petirrojo? ¡Habla, que oiga yo tu voz!

Mario, petrificado, contemplaba al anciano.

Cosette lanzó un grito desgarrador.

—¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis... ¿Lo entendéis?

Juan Valjean levantó la cabeza hacia ella con adoración.

—¡Oh! Sí, prohíbeme que muera. ¡Quién sabe! Tal vez te obedezca. Ya estaba en el trance de morir cuando entraste. Y esto me detuvo; parecióme que renacía.

—Estáis lleno de fuerza y de vida,—observó Mario.—¿Creéis que es así como se muere? Habéis tenido nuevos disgustos, pero no volveréis ya á tenerlos. ¡Yo soy quien os pide perdón y de rodillas! Vais á vivir, en nuestra compañía y por largo tiempo. Ya sois nuestro. ¡Aquí somos dos cuyo único pensamiento en lo sucesivo será labrar vuestra felicidad!

—Ya veis—repuso Cosette llorando,—que Mario dice que no os moriréis.

Juan Valjean continuaba sonriendo.

—Aunque yo viniera con vosotros, señor de Pontmercy, ¿dejaría por ello de ser yo quien soy? No; Dios ha pensado como vos y como yo, y no cambia de dictamen. Es útil que yo parta. La muerte lo arregla todo bien. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Que seáis dichosos, que el señor de Pontmercy posea á Cosette, que la juventud haga alianza con el alba, que haya en torno vuestro, hijos míos, lilas y ruiseñores; que vuestra vida sea un hermoso césped iluminado por el sol, que los encantos del cielo inunden vuestra alma, y que ahora yo, que para nada sirvo, me muera, todo esto es perfectamente armónico. Seamos razonables; no hay remedio ya; conozco que todo se acabó. Hace una hora tuve un desmayo. Además, esta noche pasada me he bebido todo ese jarro de agua que está ahí. ¡Qué bueno es tu marido, Cosette! Con él estás mejor que conmigo.

Oyóse ruido en la puerta. Era el médico que entraba.

—Buenos días y adiós, doctor,—dijo Juan Valjean.—Aquí tenéis á mis pobres niños.

Mario se acercó al médico, y le dirigió esta sola palabra:—¿Señor?...—Pero en la manera de pronunciarla había una pregunta completa.

El médico respondió á la pregunta con una mirada harto expresiva.

—Porque nos desagraden las cosas,—dijo Juan Valjean,—no hay razón para ser injustos con Dios.

Hubo un momento de silencio. Todos los pechos estaban oprimidos.

Juan Valjean se volvió hacia Cosette, y se puso á contemplarla como si quisiera hacer acopio para la eternidad.

En lo profundo de la sombra á que ya había descendido, le era aún posible el éxtasis mirando á Cosette. La reverberación de aquel dulce rostro iluminaba su pálido semblante. En el sepulcro puede haber también deslumbramientos.

El médico le tomó el pulso.

—¡Ah! ¡Érais vosotros lo que le hacía falta!—murmuró dirigiéndose á Cosette y á Mario.

É inclinándose al oído sólo de Mario, añadió muy por lo bajo:

—Demasiado tarde.

Juan Valjean, sin apartar casi los ojos de Cosette, miró al médico y á Mario con serenidad. Oyóse salir de su boca esta frase apenas articulada:

—No es nada el morir; lo espantoso es dejar de vivir.

De repente se levantó.

Estas renovaciones de fuerza son á veces señal de la agonía misma. Caminó con paso firme hacia la pared, apartó á Mario y al médico que querían ayudarle, descolgó el crucifijo de cobre, volvió á sentarse con toda la libertad de movimientos de una salud completa, y dijo en alta voz, colocando el crucifijo sobre la mesa:

—He aquí al gran Mártir.

Después su pecho se rindió; sintió que se le iba la cabeza, como si le acometiese el vértigo de la tumba, y apoyadas las manos en las rodillas, se puso á escarbar con las uñas la tela del pantalón.

Cosette le sostenía los hombros y sollozaba, procurando hablarle, pero sin poder conseguirlo.

Entre sus palabras, mezcladas con esa saliva lúgubre que acompaña al llanto, distinguíanse algunas como éstas.

—¡Padre! No me abandonéis. ¿Es posible que sólo os hayamos encontrado para perderos?

Puede decirse que la agonía serpentea. Ya, viene, se adelanta hacia el sepulcro, y retrocede hacia la vida. Hay algo de andar á tientas en la acción de la muerte.

Juan Valjean, después de aquel medio síncope, se serenó, sacudió la frente como para desprenderse de las tinieblas, y recobró casi, su completa lucidez.

Tomó un vuelo de la manga de Cosette y la besó.

—¡Vuelve en sí, doctor, vuelve en sí!—exclamó Mario.

—Ambos sois buenos,—dijo Juan Valjean;—voy á deciros lo que me ha apenado mucho. Me ha causado pena, señor de Pontmercy, que no hayáis querido tocar á ese dinero. Ese dinero es perfectamente de vuestra mujer. Voy á explicaros, hijos míos... y por eso me he alegrado más de veros. El azabache negro viene de Inglaterra y el azabache blanco viene de Noruega. En el papel que veis ahí, está todo esto, ya lo leeréis. Para los brazaletes inventé sustituir los cabos simplemente enlazados, á los cabos soldados. Es más bonito, mejor y más barato. Ya comprendéis cuánto dinero puede ganarse. Así, el caudal de Cosette es suyo, legítimamente suyo. Os refiero estos detalles para que tranquilicéis vuestro espíritu.

La portera había subido, y estaba mirando por la puerta entornada.

El médico la despidió, pero no pudo evitar que aquella buena mujer, llena de celo, gritase al moribundo:

—¿Queréis un sacerdote?

—Ya tengo uno,—respondió Juan Valjean.

Y con el dedo pareció designar un punto sobre su cabeza, donde se hubiera dicho que veía á alguien.

Es probable que el obispo asistía, en efecto, á aquella agonía.

Cosette, con mucha suavidad, le colocó una almohada debajo de las caderas.

Juan Valjean prosiguió:

—Señor de Pontmercy, no temáis, yo os lo ruego. Los seiscientos mil francos son positivamente de Cosette. Si no disfrutaseis vosotros de ellos, resultaría perdido todo el trabajo de mi vida. Habíamos conseguido fabricar muy bien esa clase de abalorios, y rivalizábamos con lo que se llama bisutería de Berlín. No así con los abalorios negros de Alemania, por ejemplo, que no podíamos igualar en precio; una gruesa que contiene mil doscientas cuentas, muy bien talladas, no cuesta más que tres francos.

Cuando se muere un ser que nos es querido, le miramos con una mirada que se aferra á él como para retenerle. Los dos, mudos de angustia, no sabiendo qué decir á la muerte, desesperados y temblorosos, estaban en pie delante de él; Cosette estrechaba la mano de Mario.

Juan Valjean iba declinando por instantes. Se la veía bajar y acercarse al sombrío horizonte.

Su respiración era ya intermitente y entrecortada por algún estertor.

Le costaba trabajo cambiar la posición del antebrazo, sus pies habían perdido todo movimiento, y al propio tiempo que crecía la decadencia de los miembros y la postración del cuerpo, brillaba toda la majestad del alma, desplegándose sobre su frente.

La luz del mundo desconocido, era ya visible en sus pupilas.

Su rostro palidecía, pero continuaba sonriendo. No había ya allí la vida, había otra cosa.

El aliento decrecía, la mirada se sublimaba. Era como un cadáver en el que se percibiesen alas.

Hizo seña á Cosette de que se acercara, y luego á Mario. Era evidentemente el último minuto de su hora postrera. Empezó á hablarles con una voz tan débil que parecía venir de lo lejos, pudiendo ya casi decirse que desde aquel momento, se interponía un muro entre él y ellos.

—Acércate, acercaos los dos. Os amo mucho. ¡Oh! ¡Qué placer es morir así! Tú también me amas igualmente, Cosette. Ya sabía yo que te quedaba siempre algún cariño para este buen viejo. ¡Cuánto te agradezco esta almohada que me has puesto! Me llorarás un poco, hija mía, ¿verdad? Que no sea mucho. No quiero que tengas verdaderos pesares. Será preciso que os divirtáis mucho, hijos míos. Se me olvidaba deciros que las hebillas sin clavillos dejaban mayor beneficio que todo lo demás. La gruesa, las doce docenas, salía á unos diez francos, y se vendía en sesenta. Era verdaderamente un buen negocio. No debéis, pues, extrañaros de los seiscientos mil francos, señor de Pontmercy. Es un dinero honrado. Podéis ser ricos tranquilamente.

«Será preciso tener carruaje propio, palco de cuando en cuando en los teatros, lindos trajes de baile. ¡Cosette mía! y luego dar buenos convites á los amigos, ser muy felices.

«Ahora le estaba escribiendo á Cosette; ya encontrará mi carta. Le lego los dos candeleros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para mí son de oro, son de diamantes; convierten en cirios las velas que en ellos se ponen. No sé si el que me los dió está satisfecho de mí allá en lo alto. He hecho cuanto he podido.

«Hijos míos, no olvidéis que soy un pobre, y os encargo que me hagáis enterrar en el primer rincón de tierra que se os ofrezca para ello, bajo una piedra para indicar el sitio. Tal es mi voluntad. Nada de nombre grabado en la piedra. Si Cosette quiere ir allí alguna vez, me hará favor. Y vos también, señor de Pontmercy. Debo confesaros que no siempre os he tenido afecto; pídoos perdón por ello. Ahora ella y vos, ya no sois más que uno para mí.

«Os estoy muy agradecido; conozco que hacéis feliz á mi Cosette. ¡Ay! Si supierais, señor de Pontmercy; sus hermosas mejillas de rosa eran mi alegría; cuando la veía algo pálida, ya estaba yo triste.

«Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. No he querido tocarle. Es para los pobres.

«Cosette, ¿ves tu traje de niña allí sobre la cama? ¿Lo reconoces? Y sin embargo, hace ya más de diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Hemos sido muy dichosos. Ya se acabó. Hijos míos, no lloréis que no me voy tan lejos; yo os veré desde allí; no tendréis que hacer otra cosa que mirar, cuando sea de noche, y me veréis sonreír.

«Cosette, ¿te acuerdas de Montfermeil? Estabas en el bosque, y tenías miedo. ¿Te acuerdas cuando cogí el asa del cubo lleno de agua? Fué la primera vez que toqué tu pobre manecita. ¡Qué fría estaba! Entonces vuestras manos, señorita, estaban bien amoratadas; sin embargo hoy están bien blancas.

«¿Y la muñeca? ¿Te acuerdas? La llamabas Catalina y sentías no haberla llevado al convento. ¡Qué de veces me hiciste reir, ángel mío! Cuando había llovido embarcabas en el arroyo pajitas de trigo y mirabas cómo se alejaban.

«Un día te di una raqueta de mimbre y un volante con plumas amarillas, azules y verdes. Tú ya lo habrás olvidado. Eras tan traviesa como pequeñuela. No hacías más que jugar. Te colgabas las cerezas en las orejas.

«Todo ello son cosas ya pasadas. Los bosques por donde uno ha andado con su niña, los árboles bajo los cuales se ha paseado, los conventos donde uno se ha ocultado, las inocentes risas de la infancia, no pasa ya todo ello de sombra. Llegué á imaginarme que todo eso me pertenecía, y ahí estuvo mi error.

[Ilustración: Cosette y Mario, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas besando las frías manos de Juan Valjean]

«Los Thénardier han sido muy malos; pero es menester perdonarlos.

«Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de tu madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre: Fantina. Arrodíllate cada vez que lo pronuncies. Ella sufrió mucho, y te quiso muchísimo. Su desgracia fué tanta como tu dicha. Dios lo ha querido así. Él desde lo alto nos ve á todos y sabe lo que hace en medio de sus grandes estrellas.

«Me voy, pues, hijos míos. Amaos siempre mucho. No hay casi otra cosa que esto en el mundo: amarse. ¿Pensaréis alguna vez en el pobre viejo que ha muerto aquí?

«¡Oh Cosette mía! No tengo la culpa de no haber ido á verte en estos últimos tiempos; bastante se me desgarraba el corazón. Iba, sin embargo, hasta la esquina de la calle, y por cierto que debía causarles un efecto muy raro á las gentes que me veían pasar como un loco, y á veces hasta sin sombrero. Hijos míos, empiezo á no ver claro; aún tenía que deciros muchas cosas, pero es igual. Pensad un poco en mí. Sois seres benditos. No sé lo que siento, veo como una luz. Acercaos más. Muero feliz. Dadme vuestras cabezas muy amadas, que pueda poner mis manos encima».

Cosette y Mario, casi fuera de sí, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas cada cual bajo una de las manos de Juan Valjean. Aquellas manos augustas no se movían ya.

Él estaba recostado hacia atrás; la luz de los dos candeleros le alumbraba.

Su pálido semblante miraba al cielo; dejando que Cosette y Mario cubrieran sus manos de besos.

Había muerto.

La noche estaba sin estrellas, y obscura por completo. Sin duda, entre la sombra, algún ángel inmenso estaba de pie, desplegadas las alas, esperando el alma.