Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 2 de 171 · 4 min de lectura
=Las minas y los mineros=
Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama el foso. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del siglo último era una mina casi á cielo abierto.
Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo, sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á la vez el subterráneo del mundo.
Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras, otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda á la greña con Socino. Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.
Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer. Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de monstruos.
La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos, otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire; después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat, está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones del filósofo.
¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!
Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades laterales.
Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo, sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad, no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.
La pupila sombra es el otro signo.
En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.
Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz. Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad. Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Inferi.
Ésta comunica con los abismos.



