Los miserables · Victor Hugo

Chapter 19

Capítulo 24 de 171 · 6 min de lectura

=Preocuparse de los fondos oscuros=

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que estaban vacíos.

—¿Cómo está la pobre niña herida?—preguntó.

—Mal,—respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y agradecida;—muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van á volver enseguida.

—La señora Fabantou me parece algo mejorada,—replicó el señor Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie, entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en actitud amenazadora y casi de combate.

—Está muriéndose, señor,—dijo Jondrette;—pero ¡qué queréis, señor! ¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de monstruo acariciado:

—¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

—¡Jondrette!—exclamó Leblanc.—¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

—Fabantou, alias Jondrette,—replicó vivamente el marido.—Es un apodo de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

—¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal; pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo, porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies, sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

—¡Ah, ya; comprendo!—exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire de complacencia.—¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien! ¡Perfectamente!

—¿Quién es ese hombre?—preguntó el señor Leblanc.

—¿Ése?—dijo Jondrette,—es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

—Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

—Os decía, mi venerable protector,—contestó Jondrette, apoyando los codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante parecidas á las de la serpiente boa,—os decía que tenía un cuadro de venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

—No tengáis cuidado,—dijo Jondrette;—son gentes de la casa.—Decía, pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal, iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las pinturas de biombo.

—¿Qué es eso?—preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

—¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama, se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro. Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos hombres.

—Son amigos,—dijo,—son de la vecindad. Están tiznados, porque trabajan en carbón, son fumistas. No os ocupéis de ellos, mi bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

—Pero,—dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y como hombre que se pone en guardia:—eso no pasa de ser una muestra de taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

—¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

—Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,—decía Jondrette,—no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas, un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel! ¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante: ¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

—¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?