Los miserables · Victor Hugo

Chapter 18

Capítulo 23 de 171 · 2 min de lectura

=Las dos sillas de Mario frente á frente=

De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió los cristales. Daban las seis en San Medardo.

Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la sexta, despabiló la vela con los dedos.

Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y escuchó nuevamente.

—¡Con tal que venga!—murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros de la linterna sorda.

—Pasad, señor,—dijo.

—Adelante, mi bienhechor,—repitió Jondrette, levantándose precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

—Señor Fabantou,—dijo,—aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Luego ya veremos.

—Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,—dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

—¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le dijo al oído:

—Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá, alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos; ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad; y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc, tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor. Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

—Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,—pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía interés en conocer.