Los miserables · Victor Hugo
Chapter 17
Capítulo 22 de 171 · 6 min de lectura
=Empleo de la moneda de cinco francos de Mario=
Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique divisorio.
Observó y miró.
El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta, y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván, así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de herrero.
El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche, estaba sobre la chimenea.
El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no despedía mal olor.
La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos terrenales.
Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.
La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se hubieran podido inventar.
Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados, separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.
Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.
Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella exclamación:
—¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas inspirar confianza.
Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de Courfeyrac el ideal del poeta.
De pronto Jondrette alzó la voz:
—¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje, abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y despedirás el carruaje.
—¿Y el dinero?—preguntó la mujer.
Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.
—¿Qué es esto?—exclamó la mujer.
Jondrette respondió con dignidad:
—Es el monarca que dió el vecino esta mañana.
Y añadió:
—¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?
—¿Para qué?
—Para sentarse.
Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á la mujer dar esta sencilla respuesta:
—¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.
Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al corredor.
Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta la cama, y acurrucarse.
—Toma la luz,—gritó Jondrette.
—No,—dijo ella,—me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas. La luna alumbra lo bastante.
Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.
La mujer entró.
La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la obscuridad.
La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrase ruidosamente detrás de ella.
Y entró de nuevo en su madriguera.
—Aquí están las dos sillas.
—Y aquí la linterna,—dijo el marido.—Baja enseguida.
Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.
Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.
Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la ausencia de Mario.
—Son herramientas de cerrajero,—pensó Mario.
Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases de instrumentos siniestros que los ladrones llaman ganzúas y ruiseñores.
La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de algo horroroso.
Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.
En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual, volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.
Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo derecho, y lo montó.
La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.
Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.
—¿Quién anda ahí?—gritó.
Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se echó á reir, diciendo:
—¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.
Mario conservó el cachorrillo en la mano.



