Los miserables · Victor Hugo

Chapter 16

Capítulo 21 de 171 · 5 min de lectura

=Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832=

Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto sobresalto en lo que iba á pasar.

Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño, y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.

Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes, y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.

En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.

Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela. Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento. Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se estaba al lado de un sepulcro.

Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.

Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la puerta; era Jondrette que entraba.

Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván. Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan los lobeznos en ausencia del lobo.

—Soy yo,—dijo él.

—Buenas noches, papaíto,—chillaron las hijas.

—¿Y bien?—dijo la madre.

—Todo va perfectamente,—respondió Jondrette;—pero tengo un frío de perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que puedas inspirar confianza.

—Estoy preparada para salir.

—¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?

—Descuida.

—Es que...—dijo Jondrette. Y no acabó la frase.

Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo que había comprado.

—¡Ah!—exclamó Jondrette.—¿Se ha comido aquí?

—Sí,—respondió la madre,—he traído tres grandes patatas y sal. He aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.

—Bueno,—replicó Jondrette.—Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!

Después añadió, bajando la voz:

—La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.

Bajó todavía más la voz, y dijo:

—Pon esto en el fuego.

Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro instrumento de hierro, y Jondrette continuó:

—¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?

—Sí,—respondió la madre.

—¿Qué hora es?

—Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San Medardo.

—¡Diablo!—exclamó Jondrette.—Es menester que las chicas vayan á ponerse en acecho.—Venid aquí vosotras y escuchad.

Hubo un cuchicheo.

Volvió á levantar Jondrette la voz:

—¿Ha marchado la tía Bougón?

—Sí,—dijo la madre.

—¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?

—No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Es igual,—replicó Jondrette;—pero no estará de más entrar en el cuarto y ver si está.—Y volvióse á su hija mayor:

—Chica,—dijo,—coge la luz y míralo.

Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose silenciosamente debajo de su cama.

Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las junturas de la puerta.

—Papá,—gritó una voz,—ha salido.

Mario conoció la voz de la hija mayor.

—¿Has entrado?—preguntó el padre.

—No,—respondió la hija;—pero cuando la llave está en la puerta es señal de que ha salido.

El padre gritó:

—Entra, no obstante.

La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por efecto de aquella luz.

Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared, y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los pies, y se miró en él.

Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.

Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y sepulcral:

Duraron mis amores, entera una semana, Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves! ¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada! ¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre! ¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!

Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no oyese su respiración.

La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:

—¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!—dijo.

Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.

—¡Y bien!—gritó el padre.—¿Qué es lo que haces?

—Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,—respondió, y continuó alisándose el pelo;—no hay nadie.

—¡Ea!—aulló el-padre.—Pronto aquí, y no perdamos tiempo.

—¡Voy, voy!—contestó ella.—¡No hay tiempo para nada en esta casucha!

Poniéndose á tararear:

Si me abandonas para irte á la gloria, Mi triste corazón te seguirá.

Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la puerta.

Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:

—¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un brinco! Tenéis ya llave para entrar.

La hija mayor murmuró:

—¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!

—Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,—dijo el padre.

Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.

No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.