Los miserables · Victor Hugo

Chapter 15

Capítulo 20 de 171 · 3 min de lectura

=Jondrette hace sus compras=

Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.

La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á Courfeyrac:

—Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste de mariposas blancas.—De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la calle hacia el portillo con un aire particular.

—Mira,—dijo Bossuet,—ahí va Mario.

—Ya le he visto,—dijo Courfeyrac.

—No le hablemos.

—¿Por qué?

—Anda preocupado.

—¿Por qué?

—¿No le ves la cara?

—¿Qué cara?

—La de cualquiera que va siguiendo á alguien.

—Es verdad,—dijo Bossuet.

—Mira qué ojos,—observó Courfeyrac.

—¿Pero á quién diablos andará siguiendo?

—¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.

—Pero,—reparó Bossuet,—es que por aquí no veo ni pimpollos, ni flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.

Courfeyrac miró y exclamó:

—Sigue á un hombre.

Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á unos veinte pasos delante de Mario.

Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.

Bossuet soltó la carcajada.

—¿Qué especie de hombre es ése?

—¿Ése?—replicó Courfeyrac.—Será algún poeta. Los poetas suelen llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán de par de Francia.

—Veamos á dónde va Mario,—dijo Bossuet;—veamos dónde va ese hombre. Sigámoslos, ¿eh?

—Bossuet,—exclamó Courfeyrac.—Águila de Meaux, sois un bruto prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!

Y retrocedieron.

Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle Mouffetard, y le espiaba.

Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.

Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.

El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.

Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas, acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.

La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol: era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de la Salpetrière.

Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas, Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.