Los miserables · Victor Hugo
Chapter 14
Capítulo 19 de 171 · 4 min de lectura
=Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado=
Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.
—El señor comisario de policía no está,—contestó uno de los ordenanzas de oficina;—pero hay un inspector que le sustituye. ¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?
—Sí,—dijo Mario.
El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric de tres esclavinas.
Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que penetraba, sino que registraba.
Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette; muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como el de un lobo.
—¿Qué se ofrece?—dijo á Mario, sin añadir caballero.
—Ver al señor comisario de policía.
—Está ausente; yo le sustituyo.
—Es para un asunto muy reservado.
—Entonces, hablad.
—Y muy urgente.
—Entonces, hablad pronto.
Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador; inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada, toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de la alameda del Hospital en la casa número 50-52.
Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:
—¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?
—Precisamente,—dijo Mario, y añadió:—¿Por ventura conocéis la casa?
El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:
—Puede.
Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:
—Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.
Este nombre llamó la atención de Mario.
—¡Patrón-Minette!—dijo.—Efectivamente, he oído pronunciar este nombre.
Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del Petit-Banquier.
El inspector murmuró:
—El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo, alias Dos Millones.
Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.
—En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.
Luego fijó la vista en Mario.
—¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?
—Y á Panchaud.
—¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo endiablado?
—No.
—¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín Botánico?
—No.
—¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?
—Tampoco.
—En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes, dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.
—No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?—preguntó vivamente Mario.
El inspector respondió:
—Además que tampoco es ésa su hora.
Volvió á guardar silencio; luego continuó:
—50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda el público!
—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.
Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó, mirándole fijamente:
—¿Tendríais miedo?
—¿De qué?—dijo el joven.
—De esos hombres.
—Ni más ni menos que de vos,—replicó rudamente Mario, que comenzó á notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.
El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con cierta solemnidad sentenciosa:
—Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.
Mario le interrumpió:
—¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?
El inspector se limitó á contestarle:
—Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por la noche. ¿Vos debéis tener uno?
—Sí,—dijo Mario.
—¿Le lleváis ahí?
—Sí.
—Dádmelo,—dijo el inspector.
Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:
—Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.
El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:
—Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.
Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.
—Esto abulta mucho y se ve,—dijo el inspector.—Mejor es que os las guardéis en los bolsillos del pantalón.
Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.
—Ahora,—prosiguió el inspector,—no hay que perder un minuto. ¿Qué hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?
—Á las seis,—dijo Mario.
—Tengo tiempo,—respondió el inspector;—pero sólo el tiempo preciso. No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!
—Descuidad,—respondió Mario.
Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el inspector le gritó:
—Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.



