Los miserables · Victor Hugo

Chapter 12

Capítulo 18 de 171 · 4 min de lectura

=Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster=

Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de monstruos que tenía á la vista.

—¡Es preciso aplastar á esos miserables!—dijo.

Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara, y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro; que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.

Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de hierro viejo.

Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el menor ruido.

Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.

¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis, en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?

Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto: serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido. Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.

No había que hacer más que una cosa.

Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo con los pies descalzos.

Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro viejo.

Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.

Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial, caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.

Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.

Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la nieve, y hablando por lo bajo.

Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.

El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y nieve en los cabellos.

Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.

El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:

—Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.

—¿Lo crees así?—dijo el barbudo.

Y el cabelludo replicó:

—Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!

El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro griego:

—Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.

—Te digo que el negocio no puede fallar,—repuso el cabelludo;—se cogerá todo el alijo por completo.

Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaité.

Mario prosiguió su camino.

Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve, no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables proyectos de Jondrette. Éste debía ser el negocio.

Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.

Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.

Mario se dirigió allá.

Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.

Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é indudablemente su hija con él.