Los miserables · Victor Hugo
Chapter 12
Capítulo 17 de 171 · 6 min de lectura
=Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc=
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.
Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama inmediata á la chimenea, como asombrada.
Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus ojos miraban de una manera extraordinaria.
La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido, se atrevió á preguntarle:
—Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?
—¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco! ¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?
—No.
—Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura, su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!
Se paró, y dijo á sus hijas:
—¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.
Las muchachas se levantaron para obedecer.
La madre balbuceó:
—¿Con su mano mala?
—El aire le será bueno,—dijo Jondrette.—Idos.
Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos muchachas salieron.
En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:
—Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.
Mario redobló su atención.
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón de la camisa de mujer que llevaba puesta.
De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:
—¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...
—¿Y bien, qué?—repitió la mujer.—¿La señorita?...
Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.
Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.
Luego se levantó, y terminó levantando la voz:
—¡Es ella!
—¿Ésa?—dijo la mujer.
—Ésa,—contestó el marido.
No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.
Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.
—¡Imposible!—exclamó.—Cuando pienso que mis hijas van descalzas, y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora! ¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!
—Te digo que es ella. Ya verás.
Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con la mirada de un tigre.
—¡Cómo!—replicó enseguida.—Esa horrible linda señorita que miraba á mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh! ¡Quisiera reventarla á zapatazos!
Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el lecho.
El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.
Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.
—¿Y quieres que te diga otra cosa?
—¿Qué?—preguntó ella.
Jondrette respondió en voz baja y breve:
—Que tengo hecha mi fortuna.
La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el que habla!».
Él continuó:
—¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos, vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!
Dió la vuelta al cuarto y añadió:
—Como los demás.
—¿Qué quieres decir?—preguntó la mujer.
Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:
—¿Lo que quiero decir? ¡Oye!
—¡Chist!—murmuró la mujer.—¡No tan alto, si son asuntos que no conviene que los oigan!
—¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego, como te digo, le he visto salir.
Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario. Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba el ruido de los carruajes en el boulevard.
Mario oyó lo siguiente:
—Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se ejecutará sin remedio.
—¿Y si no se ejecuta?—preguntó la mujer.
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:
—Nosotros le ejecutaremos.
Y se echó á reir.
Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y dulce, y hacía estremecer.
Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.
—Entretanto,—dijo,—voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.
Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un momento pensativo; luego exclamó:
—¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!
Y se echó á reir otra vez.
Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de blanco el plomizo fondo del cielo.
—¡Qué tiempo tan perro!—exclamó.
Y abrochándose luego el gabán:
—Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!
Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.
Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la abertura.
—Se me olvidaba,—dijo.—Ten preparado un brasero encendido.
Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que le había dejado el «filántropo».
—¿Un brasero de carbón?—preguntó la mujer.
—Sí.
—¿Cuánto carbón?
—Una arroba.
—Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.
—¡Diablo! no.
—¿Por qué?
—No vayas á gastar el total de los cien sueldos.
—¿Por qué?
—Porque por mi parte tendré que comprar algo.
—¿Qué?
—Algo.
—¿Cuánto necesitarás?
—¿Dónde hay por aquí un quinquillero?
—En la calle Mouffetard.
—¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.
—Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?
—Cincuenta sueldos; tres francos.
—Quedará bien poco para la comida.
—Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.
—Basta, hijo mío.
Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar rápidamente la escalera.
La una daba en aquel instante en San Medardo.



