Los miserables · Victor Hugo

Chapter 11

Capítulo 16 de 171 · 3 min de lectura

=Ofertas de servicio de la miseria al dolor=

Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos; el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.

No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la puerta entreabierta.

—¿Qué hay?—preguntó.—¿Quién está ahí?

Era la hija de Jondrette.

—¿Sois vos?—repuso Mario con dureza.—¡Otra vez!—¿Qué me queréis?

Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.

—¿Contestáis, ó no?—prorrumpió Mario.—¿Qué es lo que me queréis?

Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente cierta claridad, y le dijo:

—Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?

—¡Á mí!—dijo Mario.

—Sí, á vos.

—Nada.

—¡Sí!

—No.

—Yo os digo que sí.

—¡Dejadme en paz!

Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.

—Mirad,—dijo ella,—eso no está bien. Aun cuando no seáis rico, habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí. No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero, en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso. Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas; algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.

Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Acercóse á la muchacha.

—Oye... le dijo.

Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.

—¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.

—Pues bien,—repuso él;—¿tú has traído aquí á ese caballero anciano con su hija?

—Sí.

—¿Sabes dónde viven?

—No.

—Averígualo.

La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de alegre se tornó sombría.

—¿Es eso lo que queréis?—preguntó ella.

—Sí.

—¿Los conocéis acaso?

—No.

—Es decir,—replicó ella con viveza,—no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos los convertidos en la, tenían cierto no sé qué significativo y amargo.

—En fin; ¿puedes averiguarlo?—dijo Mario.

—Tendréis la dirección de la hermosa señorita.

Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á Mario, el cual replicó:

—¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La dirección, ¿comprendes?

La muchacha le miró fijamente.

—¿Qué es lo que me vais á dar por ello?

—Todo lo que quieras.

—¿Todo lo que yo quiera?

—Sí.

—Tendréis la dirección.

Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta, que se cerró.

Mario volvió á quedar solo.

Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama, abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que para él tenían el más extraño interés:

—Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse el velo? ¡Oh cielos!

Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado al agujero del tabique.

Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.