Los miserables · Victor Hugo
Chapter 10
Capítulo 15 de 171 · 5 min de lectura
=Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora=
Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella, envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván. Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven, sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le habría deslumbrado más.
Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre sapos.
Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder, después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó, y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.
Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.
Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:
—¡Por horas!
Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo de uno de los pliegues de la pechera.
El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.
—¿Qué?—preguntó Mario.
—Paga anticipada,—respondió el cochero.
Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.
—¿Cuánto?—preguntó.
—Cuarenta sueldos.
—Á la vuelta pagaré.
El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.
Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad, su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á aquella miserable muchacha.
Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de nuevo desesperado en la casucha.
Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.
En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos, á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á quienes se ha convenido en llamar vagos de las afueras; gentes de aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que trabajan de noche.
Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.
Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde, al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja, se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la atarjea, su nombre, PANCHAUD, audazmente grabado por él en la pared en una de sus tentativas de evasión.
En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.



