Los miserables · Victor Hugo

Chapter 9

Capítulo 14 de 171 · 5 min de lectura

=Jondrette casi llora=

Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados á aquel crepúsculo.

El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á Jondrette padre:

—Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y cobertores de lana.

—Nuestro angelical bienhechor nos abruma,—dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.

Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y rápidamente:

—¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo. Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?

—Fabantou,—respondió la hija.

—¡El artista dramático, bueno!

Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un nombre:

—Veo que sois muy digno de lástima, señor...

—Fabantou,—respondió vivamente Jondrette.

—Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.

—Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.

Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del «filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi esposa en la cama enferma!

—¡Pobre mujer!—dijo el señor Leblanc.

—¡Mi hija herida!—añadió Jondrette.

La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.

—¡Llora, chilla!—le dijo por lo bajo Jondrette.

Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una verdadera ligereza de escamoteador.

La chica puso el grito en el cielo.

La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le acercó vivamente.

—¡Pobre muchacha!—exclamó.

—Ya lo veis, hermosa señorita,—prosiguió Jondrette;—su puño está ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de cortarle el brazo.

—¿De veras?—dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con mayor fuerza.

—¡Ay, sí, mi bienhechor!—respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer, que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente por lo bajo:

—¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus lamentaciones:

—¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada! ¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad, complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor! ¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos, mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público; que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero, el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir, sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

—¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la silla.

—Señor Fabantou,—dijo,—no traigo aquí más que esos cinco francos; pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó vivamente:

—Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del propietario.

—Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

—¡Oh, mi bienhechor!—exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:—¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió hacia la puerta.

—Hasta la noche, amigos míos,—dijo.

—¿Á las seis?—preguntó Jondrette.

—Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre la silla.

—Señor,—dijo,—olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

—No lo olvido, lo dejo.

—¡Oh, mi protector,—dijo Jondrette,—mi augusto bienhechor! Me deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

—Si salís,—dijo el señor Leblanc,—poneos ese abrigo. En realidad hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos visitantes.