Los miserables · Victor Hugo

Chapter 8

Capítulo 13 de 171 · 3 min de lectura

=El rayo de luz en la caverna=

La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.

—Toca que fría estoy,—le dijo.

—¡Bah!—respondió el padre.—Más lo estoy yo.

La madre gritó impetuosamente:

—¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!

—¡Échate!—dijo el hombre.

La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.

Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:

—¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se va á enfadar tu padre.

—No,—gritó el padre;—al contrario, llora, llora; esto va muy bien.

Después, volviéndose á la mayor, añadió:

—¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para nada.

—¡Y herido á la niña!—murmuró la madre.

—¿Sabéis,—repuso el padre,—que hace un frío de perros en este desván del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco! ¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos? ¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería, es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado. Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de viejo...

En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:

—Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.

Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del desván.

Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está al alcance de ninguna lengua humana.

Era ella.

Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.

Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.

¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella deforme madriguera, en aquel horror!

Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de encontrarla.

Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.

Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.

Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran paquete sobre la mesa.

La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel gracioso semblante irradiando felicidad.