Los miserables · Victor Hugo
Chapter 7
Capítulo 12 de 171 · 4 min de lectura
=Estrategia y táctica=
Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su atención obligándole á permanecer en su puesto.
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral.
Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes; pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó con expresión de alegre triunfo:
—¡Viene!
El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se movió.
—¿Quién?—preguntó el padre.
—El señor.
—¿El filántropo?
—Sí.
—¿De la iglesia de Santiago?
—Sí.
—¿El viejo?
—Sí.
—¿Y va á venir?
—Viene siguiéndome.
—¿Estás segura?
—Segurísima.
—¿Con que de veras viene?
—En un coche de alquiler.
—¡En coche! ¿Es Rotschild?
El padre se levantó.
—¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro: la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?
—¡Ta, ta, ta!—dijo la muchacha.—¡Y cómo corres, buen hombre! Oye: entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No, dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di, pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa, le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche. Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la derecha.
—¿Y quién te asegura que vendrá?
—Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.
—¿Cómo sabes que es el mismo coche?
—Porque había mirado el número. ¡Vaya!
—¿Qué número era?
—440.
—Bien; eres una chica de talento.
La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y grosero calzado, añadió:
—Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.
—Tienes razón,—contestó el padre en tono bastante dulce que contrastaba con la rudeza de la joven;—pero entonces no te dejarían entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,—añadió amargamente.
Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:
—Pero, ¿estás segura, segura de que viene?
—Viene pisándome los talones,—replicó ella.
El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.
—Mujer,—gritó,—ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.
La madre, estupefacta, no se movió.
El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.
Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:
—¡Tú! Rompe las pajas de la silla.
Su hija no comprendió.
Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el asiento.
Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle, preguntó á la muchacha:
—¿Hace frío?
—Muchísimo. Está nevando.
Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:
—¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada! ¡Rompe un vidrio!
La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.
—¡Rompe un vidrio!—repitió.
La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.
—¿No me oyes?—repuso el padre.—Te digo que rompas un vidrio.
La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas, y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con estrépito.
—¡Bien!—dijo el padre.
Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los rincones del desván.
Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento que va á empezar la batalla.
La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:
—Querido, ¿que es lo que vas á hacer?
—Échate en la cama,—respondió el marido.
La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer pesadamente sobre uno de los jergones.
Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.
—¿Qué es eso?—preguntó el padre.
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.
Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.
—¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha cortado la mano.
—¡Tanto mejor!—dijo el marido.—Lo había previsto.
—¿Cómo tanto mejor?—replicó la mujer.
—¡Calma!—replicó el padre.—Suprimo la libertad de imprenta.
Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño ensangrentado de la chiquilla.
Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.
—¡Y la camisa igualmente!—dijo.—Todo tiene el carácter que corresponde.
El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.
Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones mojados hasta ocultarlos completamente.
Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:
—Ahora,—dijo,—ya podemos recibir al filántropo.



