Los miserables · Victor Hugo
Chapter 6
Capítulo 11 de 171 · 6 min de lectura
=El hombre embrutecido, en su madriguera=
Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño, es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los desvanes.
Lo que Mario veía era un desván.
Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza era noble, era limpia su buhardilla.
El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos, groseramente trazados con carbón.
El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales. De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta un poco de lumbre.
Dos miserables tizones humeaban tristemente.
Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.
Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y promontorios.
Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.
Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido, éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño, por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria, apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo, adornado con esta inscripción:
MARENGO AUSTERLITZ JENA WAGRAMM ELOT
Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo volvieran á colgar.
Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño, flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón redomado.
Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña haciendo horrible al curial.
Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos, erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales asomaban los dedos de los pies.
Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había pan, pero había tabaco todavía.
Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.
En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado, y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura, revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, POR DUCRAY DUMINIL. 1814.
Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó estas palabras:
—¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto, en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...
Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los dientes:
—¡Oh! ¡Me comería el mundo!
Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.
Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.
Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño del otro, y probablemente de la misma novela.
En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire, que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.
Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto. Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado, chasqueado».
Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo, y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis, veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la vida para concluir más pronto.
En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.
Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.
Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma humana, y palpitar la vida.
El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro, es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.
El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía que ni respiraba.
Oíase el roce de la pluma sobre el papel.
El hombre masculló sin dejar de escribir:
—¡Canalla, canalla; todo es canalla!
Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer, que le dijo:
—Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.
Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.
Le llamaba querido, amiguito, esposo mío, etc., con la boca, pero el corazón permanecía mudo.
El hombre se había puesto á escribir nuevamente.



