Los miserables · Victor Hugo
Chapter 5
Capítulo 10 de 171 · 4 min de lectura
=El ojo de la Providencia=
Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los niños.
Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean! El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad, todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior, y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las doblega ambas violentamente á la ignominia.
Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.
La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor, esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda. Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias. Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!
Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las tinieblas.
Le reveló todo un lado espantoso de la noche.
Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien; pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar, ¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal vez que estarían recogidos y salvados.
Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal: los miserables; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?
Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette, y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.
La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera construcción.
Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto, frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.
—Veamos, pues, lo que son esas gentes,—pensó Mario,—y lo que hacen.
Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.



