Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 9 de 171 · 9 min de lectura

=Una rosa en la miseria=

Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates, atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no hacen llorar.

Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser, casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en los sueños.

Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita. La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.

Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar haberla visto en alguna parte.

—¿Qué queréis, joven?—le preguntó.

La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:

—Traigo una carta para vos, señor Mario.

Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?

Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama. Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas piernas y flacas rodillas.

Estaba tiritando.

Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.

[Ilustración: —Traigo una carta para vos, señor Mario,—contestó la joven con voz de presidiario borracho]

Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos. Leyó:

«Mi amable y joven vecino:

«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.

«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.

«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún ligero socorro.

[Ilustración: —Traigo una carta para vos, señor Mario,—contestó la joven con voz de presidiario borracho]

«Soy con la distinguida consideración que se debe á los bienhechores de la humanidad,

«JONDRETTE.

«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».

Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo quedó bruscamente aclarado.

Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el mismo olor á tabaco.

Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou, se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamase Jondrette en realidad.

Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard, sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad, un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.

Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo; porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas; jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera, por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras, aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas, ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes producidos por la miseria.

Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la llegada de una rueda que las aplaste.

Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura. Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había por los rincones.

—¡Calla!—exclamó.—¡Tenéis un espejo!

Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.

Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.

Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir, revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.

Mario meditaba, y la dejaba hacer.

Acercóse á la mesa.

—¡Ah!—exclamó.—¡Libros!

Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.

Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:

—Yo también sé leer.

Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura:

«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont, situado en medio de la llanura de Waterloo...».

Aquí se interrumpió diciendo:

—¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército. ¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses. ¡Waterloo!

Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:

—¡Y también sé escribir!

Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:

—¿Queréis verlo?—¡Yaya!—Voy á escribir una palabra para que veáis.

Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los corchetes están ahí.

Luego, arrojando la pluma, añadió:

—No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos criadas para...

Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada, diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias ahogadas por todos los cinismos:

—¡Bah!

Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:

Tengo gana, padre, Y no hay pan ni sopa; Tengo frío, madre, Y no tengo ropa. ¡Tirita Lolita! ¡Solloza La moza!

Apenas hubo acabado la canción, exclamó:

—¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes. Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele mal.

Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:

—¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?

Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que ella sonriera y él se ruborizase.

Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:

—Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!

Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo. Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los labios, como sobre un teclado donde faltan notas.

Mario se había retirado suavemente.

—Señorita,—dijo con su fría gravedad,—tengo un paquete que creo os pertenece. Permitidme que os lo devuelva.

Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.

Palmoteó ella de contenta, exclamando:

—¡Lo habíamos buscado por todas partes!

Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:

—¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las cartas, y que nos habían dicho:—¡No hay de qué!—¡Pobres cartas, aquí están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella me respondió:—«Sí, creo que es un señor».

Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».

—¡Calla!—dijo.—Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.

Después se echó á reir, añadiendo:

—¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos? Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez, hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.

Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á buscar á su casa.

Registró su chaleco, y no encontró nada.

La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario estuviese allí.

—Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba. ¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está en ayunas, ¡qué cosas tan raras!

Y miraba á Mario con aire espantado.

Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá». Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la muchacha.

Ésta tomó la moneda.

—¡Bueno!—exclamó.—¡Ya salió el sol!

Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro torrentes de jerga, prosiguió:

—¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta. Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco y peñascaró. ¡Viva el jaleo!

Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario, después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta diciendo:

—Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.

Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:

—¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.

Y se fué enseguida.