Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 8 de 171 · 5 min de lectura

=Cuatro personajes=

Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard. Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas, si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios para restituirselo á la persona que lo había perdido.

Abrió el paquete.

No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.

Todas tenían dirección.

Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.

La primera iba dirigida:

Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de Diputados. núm...

Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que podía ser leída sin inconveniente.

Estaba concebida en estos términos:

«Señora marquesa:

«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro para conservar una existencia extremadamente penosa para un militar de educación y de honor, cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.

«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser, señora,

«DON ÁLVAREZ, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para proseguir su viaje».

No se incluía dirección alguna al pie de la firma.

Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:

Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9.

He aquí lo que en ella leyó Mario:

«Señora condesa:

«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más horrorosa indigencia.

«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora, con profundo respeto,

F. DE BALIZARD».

Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una petición. Decía así:

«Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor, calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros:

«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.

«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas. Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.

«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña veleta que cambia casi á cada viento nuevo.

«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro, porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.

«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del drama y de recitarse en la escena.

«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,

«GENFLOT, literato.

«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.

«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».

Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas. Contenía las siguientes líneas:

«Hombre bienhechor:

«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados.

«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos filósofos experimentan siempre vivas emociones.

«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria. El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.

«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy obediente servidor,

«P. FABANTOU, artista dramático».

Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su dirección.

Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano.

¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma persona?

Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán español.

Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro cartas que se burlaban de él.

Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran evidentemente papelotes sin valor alguno.

Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón, y se acostó.

Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar suavemente á la puerta.

Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.—Mirad que os robarán,—le decía la tía Bougón.—¿Qué?—preguntaba Mario.

Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas, con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.

Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.

—Adelante,—dijo Mario.

Abrióse la puerta.

—¿Qué se os ofrece, señora Bougón?—dijo Mario sin levantar los ojos de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.

Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:

—Perdonad, caballero...

Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.

Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.